viernes, 1 de junio de 2012

CUIDADO EN CASA O EN ASILO

La decisión de llevar a un adulto mayor a una estancia de descanso, nunca es fácil
Yo, por la forma en que me educaron, estaré con mi mamá todo el tiempo que sea necesario”, dice Guillermo cuando se le pregunta si dejaría a su madre en una casa de descanso (asilo, como se les conoce comúnmente).

Mariana fue educada de la misma manera: su madre permanece en una cama, requiere de cuidados constantes y ni ella ni sus hermanos pueden estar al pendiente las 24 horas del día. La situación económica no ayuda para contratar a una enfermera de tiempo completo; la mejor opción es recurrir a una de esas casas de descanso, pero en el fondo teme que no sea una buena medida.

Llevar al anciano a un asilo puede parecer una simple decisión. Se recogen sus cosas, a veces sin consultarlo, se busca un lugar donde lo atiendan bien, se paga por su estancia y listo.

Pero no es así; existen alrededor de 500 asilos o casas de descanso en el Estado, y menos de la cuarta parte están regulados por la Secretaría de Salud Jalisco (SSJ), es decir, que no todos cuentan con los lineamientos requeridos para el cuidado de personas de la tercera edad.

Un problema cultural

En América Latina, especialmente en México, hay un mayor arraigo en el lazo familiar. Los hijos duran más en casa (muchos hasta que se casan), la casa de la abuela es el punto de reunión de toda la familia, se piden opiniones a los adultos mayores.

Si el anciano está bien de sus facultades mentales y físicas, es común que viva solo o en pareja. Si está enfermo, es muy grande de edad, viudo o carece de independencia, termina “brincando” de la casa de un hijo a la de otro.

En cambio, en Estados Unidos, Canadá y algunos países de Europa, cuando las personas llegan a cierta edad, al ver el “nido vacío” porque sus hijos se han ido, deciden pasar su vejez en un asilo: “Ellos corren y pagan un sitio, hacen verdaderos amigos en los centros de convivencia o asilos, porque se la pasan bailando, teniendo actividades lúdicas que solos no tendrán en su casa”, refiere la jefa del Servicio de Geriatría del Hospital General de Occidente, María de Jesús Ocampo del Toro.

En Jalisco existen las estancias de día, casas de retiro o asilos, donde se brinda apoyo nutricional, de rehabilitación, recreación y atención médica. Pero este servicio tiene un costo, casi siempre alto, que no todas las familias pueden solventar.

Una “guardería” para ancianos o estancias de día, cobra de cuatro a cinco mil pesos mensuales. Si el servicio que se brinda es de asilo o internado, el precio puede superar los 10 mil pesos.

“Generalmente cobran caro y hay una asistencia que no es muy certificada; hay algunos con sitios bonitos, atractivos; pero aquí en México todavía no hay políticas de gobierno para cuidar de los ancianos en sitios de atención con calidad y que no les cobren”.

Por la propia formación y cultura, el anciano mexicano no acepta que lo lleven a un asilo. De cada 10 adultos mayores que viven en dependencia de su familia, ocho no quieren ir a un lugar de este tipo, y a dos no les parece mala idea, siempre y cuando no sean abandonados.

Ocampo del Toro afirma que la decisión de optar por una estancia de descanso es difícil tanto para el abuelo como para la familia. El anciano tiene conflicto porque cree que todavía tiene capacidad mental de decidir. La familia, en cambio, teme a ser juzgada al desligarse de sus propios padres o madres, lo que crea una situación embarazosa que afecta a todos.

Bajo la norma

Más allá de observar si el asilo o la casa de descanso es un lugar bonito, caro o barato, lo importante es investigar si está regulado, para que el anciano no caiga en manos de “cuidadores” que se dicen especialistas en la atención al adulto mayor.

“Hay estudios donde muestran que se maltrata a los ancianos en sitios bien pagados, y no como agresión, sino como intimidación, los dejan sin comer, los amenazan con no ver a los familiares, no los cuidan y los tratan como si fueran cosas”, indica Ocampo del Toro.

Lo importante al momento de decidir llevar o no al anciano a un asilo, es que se tome en cuenta su opinión. Si acepta, debe haber el compromiso de que no será abandonado, que sienta que no está siendo relegado y que siga viendo un entorno familiar.

Una de las opciones más viables es llevarlo a una estancia de día, para que lo cuiden durante algunas horas, convivan con sus iguales y apoyen con eso a sus familiares.

La regla de oro es que ambas partes ganen: que la familia tenga la confianza de dejar a su anciano en un lugar seguro y que éste se sienta bien… que no pierda su dignidad.

De no haber esto, el adulto mayor puede deprimirse y comenzar con problemas de salud física o mental. Y si ya no tenía mucha funcionalidad en su casa, puede ocurrir que el golpe emocional haga que se pierda por completo en el asilo.

En términos de regulación sanitaria, la Secretaría de Salud Jalisco sugiere revisar que el lugar elegido cuente con autorización para cuidar ancianos; que tenga personal capacitado y ofrezca atención médica, psicológica y nutricional, así como instalaciones seguras, limpias e higiénicas.

Asimismo, advierte que si algún familiar o conocido está en un asilo en donde no se cuente con lo anteriormente expuesto, o requiere información sobre una casa de descanso, hay que llamar al teléfono 3030-5000.

Otra vida en otro lugar

“El tiempo vuela, es una riqueza de experiencias día con día”, refiere María de los Ángeles, una mujer de 66 años, residente de La Jolla, una casa de descanso ubicada en la Zona Rosa de Guadalajara.

Ella es psicóloga de profesión y trabajó durante años en el negocio de los seguros. Lleva 12 operaciones de columna, lo que le ocasionaba caídas recurrentes en su casa; una razón para que su familia decidiera dejarla en este lugar: “Respetamos a los hijos, no solamente es una decisión de ellos, sino del adulto; los hijos deben seguir su proceso, y así como nosotros dejamos a nuestros padres, nuestros hijos nos dejan a nosotros para vivir”.

En la residencia se tiene un horario para todo. Para comer, asearse, dormir y convivir. Los que desean, reciben clases semanales de Tai chi, les llevan la comunión, juegan lotería; los que pueden, salen a caminar la zona por las tardes; a otros los recogen sus familiares para llevarlos a comer a un restaurante o a una convivencia.

Cada día, después de comer, el grupo se reúne en un área común, cada uno en su sillón. Hacen un buen equipo. La Jolla tiene una docena de residentes (hombres y mujeres mayores de 60 años), todos con distintas características, así como diversos son sus padecimientos; algunos reciben visita de vez en cuando; para otros, el personal de La Jolla es su familia.

“Nos llevamos bien”, dice don Gonzalo, quien está en la casa desde hace 12 años. Su esposa falleció y sus hijos lo visitan, lo llevan de paseo, lo que hace que no se sienta solo.

Ahí, sentados en la sala de la residencia, Tito, María de los Ángeles, Aurora, Gonzalo y Alberto agradecen con una sonrisa cualquier visita que se les haga. Ya sea de familiares o de extraños, la presencia de personas en la casa los hace sentirse importantes, útiles, queridos.