lunes, 12 de marzo de 2012

TESTIMONIOS DE ADULTOS MAYORES



Para Pedro, una vida solitaria. Para Martha, la lucha contra un sistema que no los tiene en cuenta. Para Dante, los abandonados de la sociedad. Para la mayoría de ellos, la etapa que debería ofrecerles descanso pero termina siendo una odisea. Éstas son las múltiples definiciones que dan a la jubilación los retirados  del sistema laboral.
En una civilización repleta de egoísmo, donde cada uno corre tras sus intereses
sin mirar al costado, los ancianos quedan relegados a la última hilera de la formación.


La escoba  de Don Luis una y otra vez acaricia la vereda. Como todas las mañanas desde que falleció su esposa, Luis se levanta temprano para realizar las  tareas domésticas. Aunque todo el barrio sabe que lo hace a modo de rutina, porque está solo y no tiene mucho que limpiar. Según Luis, la clave para vivir sin quedarse en los recuerdos, es trabajar. “Uno no se puede quedar quieto”, dice; criticando a los que dejan que la vida les gane la pulseada.
Su living recuerda al típico hogar de “nuestros abuelos”: mezcla de olor a limpiamuebles y mermelada casera, portarretratos con fotos color sepia, que certifican su antigüedad,  platitos de cerámica china colgados de la pared y sillones de cuerina con grandes almohadones de lona.  En el centro, una mesa ratonera  cubierta con la carpeta a crochet, y a su lado la lámpara de pie.

Luis se levanta cuando despunta el alba. Durante la charla ha resaltado que al hombre disciplinado y trabajador le va bien. Es lo que trata de hacer desde que se jubiló,  a pesar de sus 92 años (que lleva con toda dignidad).
Su principio de vida se refleja en su accionar: palabras serenas pero declaraciones firmes, muestran a un hombre de emociones golpeadas.
Desde niño, la vida como hijo de inmigrantes le enseñó a lucharla desde abajo. Luego, el ejército completó su entrenamiento. Para las fuerzas y para la vida. El cargo que obtuvo como Mayor en la escuela de suboficiales, parece haberlo ganado más por su intachable moral que por su perfecto desempeño en las tareas militares.  Sabe muy bien lo que piensa, y también lo que quiere. Lo revela su mirada profunda y sus ojos transparentes. Esos ojos que demuestran haber visto lo que su boca cuenta. Esos ojos que sólo se iluminan, y hasta se vuelven vidriosos, cuando Luis la recuerda a ella: a Nelly, a su mujer, al amor de su vida, a la madre de sus hijos; a quien lo dejó sin media vida, cuando falleció, diez años atrás.

Además de su mirada, sus manos dicen quién es Luis. Pareciera que cada arruga cuenta una experiencia de su vida, un dolor, un éxito, un fracaso. La suma de esas arrugas habla más que sus palabras. Acompaña cada declaración con un gesto. Su boca, sus ojos y sus manos comunican el mismo mensaje: la importancia que le da a la honestidad. Con sus virtudes y defectos, Don Luis es lo que es, y no tiene vergüenza de mostrarlo.
A pesar de su soledad, nunca está desarreglado. No sale de casa sin el pantalón de sarga verde y su rompe vientos negro. Delgado, alto, nariz prominente y amplios bigotes; el estereotipo de un militar retirado. Pero, basta cruzarse con él en la calle o en el almacén de la esquina a la hora de las compras, para conocer a uno de los hombres más humanitarios de esta sociedad. Lo demuestra su constante ofrecimiento de ayuda, la sonrisa que otorga a los niños y su tarea de guardia ad honorem cuando los vecinos salen y deben dejar sola la casa. Es un hombre sensible, que confía en las personas honradas y detesta a las egoístas.  Está claro que hace suyas las palabras del cuadro que cuelga en su sala: “¿Qué hace falta para tener felicidad en la existencia? Tranquilidad en el alma, y paz en la conciencia”.

 
Jubilare… muy lejos de la realidad

Luis es un jubilado más de nuestra sociedad. También uno más que sufre las desgracias de los retirados.
Ahora, dígame usted. Sí, usted que está leyendo este artículo  ¿Sabe lo que significa el término jubilación? ¿Por qué no vamos juntos hasta el diccionario y lo averiguamos? Según la RAE (Real Academia Española), Jubilación es la finalización  de la etapa laboral de una persona.
Bien, hasta aquí vamos muy bien. Esta consigna se cumple perfectamente en nuestro entorno. Llamamos jubilado a la persona que no trabaja más; que lo hizo en algún momento (durante toda su vida o en alguna etapa de ella), pero que ya cesó esa actividad.


Ahora, terminemos de leer el concepto. El término jubilación proviene de la palabra jubilare en latín, que  significa júbilo, o lanzar gritos de alegría. Parece que aquí se nos presenta un problema. ¿Cuántos jubilados encontró últimamente en la cola del Banco, esperando cobrar sus escasos pesos de pensión, lanzando gritos de júbilo? O ¿cuántos descubrió desbordando de alegría en la sala de espera del hospital, aguardando para que su médico de cabecera controle un estudio, que para conseguirlo debió realizar 20 trámites burocráticos? ¿Encontró algún jubilado que no podía contener la felicidad cuando subió a un colectivo y nadie le dio el asiento?, ¿cuando asistió a un cine y los jóvenes buscaron un lugar  lejos de él?, ¿cuando fue a votar y la presidenta de mesa le recordó que ya no tenía obligación de hacerlo?, ¿cuándo se inscribió a un gimnasio y le recomendaron que contrate un “Personal Trainer”?
Para Luis, el problema comienza en el núcleo familiar. “La familia misma discrimina al anciano porque ya no hace nada, ya no sirve, molesta”, asegura. 

Dante cree que la sociedad es la culpable. “Ellos piensan que el retirado cumplió su ciclo, entonces tiene que entregar el rosquete”.
En cambio, para Milagros la cosa va un poco más allá. Además de la familia y la sociedad, hay un problema personal, vinculado a los cambios financieros en la vida del adulto mayor. Lo que le resulta más duro es que el jubilado tiene un límite bien marcado. “Tiene que acostumbrarse a manejarse con lo que tiene, no es lo mismo que estar en actividad”.

Y las afirmaciones de Mili tienen su fundamento en la realidad de los jubilados. El diario digital “El Periódico de Tucumán” informa que, para que un jubilado cobre un salario digno, que cubra la canasta básica total que ronda los $ 2.000, se necesitan los aportes de tres personas que se encuentren actualmente trabajando. “El problema es que la relación hoy en día es de 1,5 activos por cada pasivo. Esto significa que apenas se puede cubrir la mitad de la jubilación y el resto debe ser cubierto con fondos de otro origen, como los impuestos”, afirma el periódico.

El Congreso de la Nación aún debate si será ventajoso aplicar el famoso 82% móvil. Algunos creen que si se paga este importe el Estado entra en quiebra. Otros aseguran que su aplicación es factible, y otros proponen poner en práctica esta medida sólo con las jubilaciones mínimas, lo que abarcaría al 80%  de los jubilados argentinos.
Dante y Milagros llevan casi 40 años de casados. En el escritorio del living están las fotos de sus hijos, que ya no viven allí. Mucho silencio. Hace unos años este hogar estaba cargado de las aventuras y picardías de sus tres varoncitos. Ahora, los tres están casados y viven lejos de casa: uno en Buenos Aires y dos en Comodoro Rivadavia. La distancia les impide visitarlos seguido.  Así que,  Mili y Toto tuvieron que ponerse al tanto de las nuevas tecnologías y compraron una computadora. La miran con cariño, es el único medio que los vincula con sus hijos. El retiro laboral y la ausencia de “los chicos” marcaron fuertemente su matrimonio. Quizás el más afectado fue Dante quien, al momento, está atravesando una profunda depresión.

Aunque les costó un poco recordar su época de actividad laboral, quitaron el polvo del baúl de los recuerdos y compartieron sus vivencias.
Comparando su situación actual con aquella época, Milagros comenta: “estando en actividad tenés una inserción en la sociedad totalmente distinta a la del jubilado. Nada que ver una cosa con la otra. Y siendo jubilado uno mismo se aísla. Yo me aislé. Puede ser por falta de medios económicos o porque a uno no le gusta molestar en otro lado”.
Pero existió una época en la que el jubilado tenía una vida más digna. Incluso, en 1900 aún no había nacido el régimen jubilatorio, pero las personas se las podían arreglar para vivir en paz. Al menos, eso es lo que recuerda Luis. En ese tiempo, afirma mirando para arriba como evocando aquellos años, “no había aportes, para nada. Ni para mi papá ni para nadie. Se vivía a lo indio nomás.”

Cuando el sistema de jubilaciones comenzó en el 46, con la iniciativa de Perón, las condiciones aún eran favorables para los retirados. Luis comenta que era un privilegio trabajar en blanco, razón por la cual se adhirió a las FFAA. A él no le gustaba ese trabajo, pero afirma: “de acuerdo a como estaba la situación del país yo tomé la decisión. Ahí tenías cobertura social, tenías seguro de sueldo, mucho futuro”.
  Hoy, la realidad es completamente diferente. En Argentina existen casi 6 millones de jubilados; y el 76 por ciento de ellos gana 690 pesos, con lo que cubre sólo el 30 por ciento de sus necesidades básicas; afirma el defensor de la Tercera Edad, Eugenio Semimo .

 
Cambio de actividades: “Fue la noche y el día”

Luis, Mili y Dante tienen algo en común. Están convencidos de que la vida social de una persona adulta se modifica radicalmente cuando se retira de la actividad laboral. Y que en el trabajo se generan lazos sociales que facilitan la realización de muchas actividades, que luego se abandonan en la etapa de la jubilación. Muchas veces, por no tener con quién compartirlas.


Don Branda comenta que tenía muy buenos compañeros de trabajo. Con ellos y sus familias compartía bailes, carnavales, deportes. Hacían chistes, y cada tanto organizaban “un asadito”.  “En fin -dice-  todas esas cosas que te ayudan a vivir”.
Josefina Orellano, o Mili, como la llaman en el barrio, tiene otra perspectiva. Con  su cabello recogido hacia atrás deja descubierto unos grandes ojos negros y el rostro regordete. Aunque su tez morena disimula los 68 años recién cumplidos, no lo hacen el chaleco de lana que viste, y algunas arrugas que comienzan a  asomar.
Para ella, “el viejo envejece cuando se junta con otro viejo”. Al respecto expresa: “a mí, particularmente, no me gusta ir donde hay gente que es mucho más vieja que yo. Es que la gente joven te incentiva a seguir viviendo”.

Pero además, apoya la opinión de Don Branda en relación a la diferencia entre las actividades del entorno laboral y fuera del mismo. “Vos, estando en actividad necesitabas plata y hacías horas extra, te las pagaban y tenían un remanente, digamos. Podías salir de vacaciones. Nosotros siempre hemos salido con nuestros hijos, todos juntos. Posiblemente ahora hay lugares, centros de jubilados donde vos podés hacer viajes pero…” Está claro que para ella ya no es lo mismo.

Según Mili, su esposo fue el que más lo sintió (quizás porque trabajó muchos años y su vinculación con el ámbito laboral fue mayor). Mientras él la mira con sus tristes ojos color cielo, Mili comenta la situación de Dante luego del retiro. “Cuando dejó de trabajar fue tremendo para toda la familia, porque no se ubicaba en el tiempo y el movimiento de la casa. Entonces, casi estuvimos por separarnos. Porque a él le dijeron: usted cumple 60 años ahora y se jubila ya. Pero todavía tenía para trabajar 5 años más tranquilamente”.

Ambos comentan que su vida social cambió rotundamente en ese momento. “En el trabajo tenía un montón de amigos. Teníamos el equipo de mate para 4 o 5, los más íntimos. Había un recreo para comer de 45 minutos. Entonces se charlaba lindo. Se hacían lindos asaditos afuera de la fábrica el día domingo”, cuenta Dante.  Además, recuerda que sus hijos participaban de campamentos que organizaba el SMATA (trabajaba en la compañía Renault); y que tenían hoteles con descuento para las vacaciones.

“La pasábamos bastante bien, a Dios gracias. Y después, cuando uno se jubila cambia todo. Fue la noche y el día. Porque primero y principal vos estás acostumbrado a una forma de vida y a una forma de ser, que tenés que trabajar y todo eso. La gente empieza a discriminar. Te empieza a decir viejo. Y yo pienso que a los 60 años todavía puedo trabajar”.

Por momentos, Dante se recrimina por las decisiones que tomó cuando se jubiló. Asegura que si pudiese volver el tiempo atrás  pondría un negocio, para capitalizar el dinero de la jubilación y mantenerse activo. Porque para él dejar de trabajar es “una ruptura total”. Y considera que lo es en mayor medida para el hombre.  “De un día para el otro no hacés nada. Yo viví seis o siete meses fuera de foco, porque uno se acostumbra a cierta y determinada actividad… al estándar de vida. Aparte de eso, tiene uno en qué ocupar el tiempo”. Mili asiente con la cabeza cuando Dante habla, luego aporta: “y ahora, en el tiempo libre dormimos. Yo antes me levantaba temprano. Ahora qué me voy a levantar temprano si tengo todo ordenado, nadie me desacomoda”.


No produce = no sirve = molesta: la mirada de la sociedad

No sólo las actividades y los compañeros sociales se modifican cuando una persona se jubila. La sociedad en general tiene una mirada diferente del trabajador y del jubilado. El jubilado no  trabaja porque está viejo, porque ya no lo puede hacer; y no porque trabajó tanto que se merece descansar, como debería ser. 
Conversando de este tema, Don Branda tararea una canción en italiano que aprendió de niño; y que para él describe la imagen que la sociedad tiene del jubilado: “hubiese muerto tata e no le chucho, le chucho papaba liño, el tata no no”. “Claro -explica Luis- la canción dice que hubiese muerto  el viejo, porque el burro al menos cargaba leña, al  tata lo tenían sentado en un rincón, pobre”.

Don Branda cree que la familia discrimina al jubilado porque “ya no hace nada, no te sirve, te molesta”. Porque un viejo molesta, dice Luis. “Por eso, mi hijo y mi hija saben que cuando yo quede mal, quiero ir a un geriátrico. Yo no quiero molestar a mis hijos”.


"Escuchame -aporta Dante-, vos subís a un colectivo, y para que te den un asiento tenés que sacar la lotería. Y chicas jóvenes eh…"
“Ellos piensan que el retirado cumplió su ciclo entonces tiene que entregar el rosquete. En realidad no importa que tengás 70, 80 años, porque podés morir a los 40 también y estar jubilado por invalidez. Pero eso ya es un mito que tiene la sociedad. Por ahí no falta quién te dice: eh, correte viejo diablo. O, qué andás haciendo, andá a lavar los platos”.

Para Milagros el problema pasa más por la indiferencia, falta de acción y desprotección del Estado. Ella no puede jubilarse porque no tiene completos sus años de aporte. “Si necesitás ir al Anses, tenés que ir a las seis de la mañana para conseguir número. Un viejo a esa hora se agarra una gripe, y después que no te explican nada, te tienen como maleta de locos, de una oficina a la otra”. El Pami (obra social de los jubilados), agrega,  “es una burocracia total". “Cuando vos estás en actividad tenés una obra social que realmente responde a tus necesidades, cuando estás jubilado responde de acuerdo a sus tiempos. Y siempre y cuando te toque un buen profesional, porque cuando vas a un médico necesitás que te atienda, y que te escuche, y que te dé las explicaciones necesarias”.

Dante agrega: “le dan muy poca corte a la gente jubilada. Ya sea el gobierno, las obras sociales y todas las entidades públicas”.
Milagros no puede creer cómo nuestra sociedad trata a los jubilados. “Yo veo en otra sociedad, como la japonesa o la china, que veneran a los ancianos. En cambio en la occidental lo marginan”.

 
¿A quién reclamar una solución?

Esta es la realidad. Ahora bien, ¿quién se pone el poncho? A veces da la impresión de que a nadie le queda. Ninguno quiere hacerse responsable del sufrimiento del jubilado. El gobierno mira para otro lado, las medidas de las ONG se quedan en proyectos, o en simples ayudas “tapa-hoyos”, y la sociedad espera que “alguien” (siempre el otro, nunca yo) se haga cargo.

Pero usted no es sólo un ciudadano más. Usted es hijo, vecino, hermano, amigo de un jubilado, usted un día será jubilado. Por lo tanto, el poncho es de su tamaño. No importa si le queda mejor al gobierno o a una organización social. A usted le queda, y no puede desentenderse de ello. Entonces, ¿puede hacer algo para transformar esta realidad social del anciano?, ¿puede contribuir para que el mismo continúe teniendo actividades sociales, a pesar de su retiro laboral?, ¿puede incluirlo en los proyectos familiares, barriales, municipales?, ¿puede organizar actividades similares a las que compartía con los compañeros del trabajo? Claro que puede.


En este sentido, la psicóloga Graciela Booth enfatiza sobre la importancia de apoyar al adulto mayor, principalmente en lo referente a su red social de relaciones: “es importante el mantenimiento de los vínculos con los amigos y compañeros del estudio o del barrio, las asistencia a centros de jubilados donde puedan socializar y realizar talleres, las tareas de voluntariado si les gustan, la concreción de alguna actividad postergada. Todo lo que implique un espacio de recreación o reflexión con los pares brinda la posibilidad de desenvolverse mejor en sus actividades cotidianas, en su independencia y autovalidez, lo que no sólo es favorable para el anciano sino para todo el grupo familiar”.


“En el caso de que existan enfermedades que impidan al anciano desplazarse, se puede echar mano a la atención a domicilio. En este punto hay que tener presente que un asistente o acompañante no debe ocuparse de atender al anciano con el objetivo de aislarlo o “sacárselo de encima a la familia” sino por el contrario, y dentro de las limitaciones y las indicaciones médicas, estimularlo para que tenga una vida lo más activa posible. Vivir más y mejor, más que un anhelo es un derecho”.
Entonces, lo único que hace falta es que usted comprenda que también es su responsabilidad; que si espera un cambio debe generarlo, y que el hecho de que usted hoy no sea jubilado no implica que no tenga nada que ver con ellos. Reclame al gobierno y a las ONG, pero no se quede en ello. Usted puede ayudar a revertir la situación. El jubilado que tiene a su lado espera eso de usted. Algún día usted esperará lo mismo del joven más cercano.