sábado, 1 de octubre de 2011

EL AMOR AL ADULTO MAYOR

Bienaventurados: Aquellos que ahora que soy viejo me tienen paciencia y no me apuran, ni me regañan cuando no puedo actuar, moverme o pensar con mayor rapidez.
Aquellos que se dan cuenta que mis oídos no responden bien y que hago esfuerzos por oír las cosas que ellos dicen. También  los que me hablan despacito y con claridad, con bondad y paciencia, sin gritarme ni desesperarse.
Aquellos que comprenden que mis ojos están empañados y no distinguen bien, y que mis reacciones y mi sentido del humor se han vuelto limitados.
Aquellos que entienden lo torpe de mi caminar y la poca firmeza de mi pulso; los que disimulan cuando derramo el café sobre la mesa y no cruzan miradas hablando en voz baja. También aquellos que se dan cuenta de mis limitaciones y no me critican, me menosprecian ni me hacen sentir inútil, imprudente ni ridículo.
Aquellos que no esperan que marche a su mismo ritmo, que entienden que mi personalidad se ha cincelado a través de largos años de costumbre y tradición, acentuándose a través de toda una vida, la cual me sería muy difícil cambiar, y que no me tachan de ideático. Y me hacen sentir útil, necesario y hasta importante, aunque sólo sea para platicarles y dar fe de mis recuerdos personales de los sucesos históricos que los demás no vivieron ni conocieron. Aquellos que saben despertar recuerdos de mi pasado feliz y me alientan con su interés a compartirlos.
Bienaventurados aquellos que con una sonrisa amable se detienen a charlar conmigo por unos momentos; los que comprenden y no hablan de personas que no conozco o de sucesos de los que no estoy enterado. Mil gracias por su comprensión.
Bienaventurados aquellos que no me consideran una carga o un estorbo, sino como una persona capaz de valerme por mi mismo, e inclusive de ayudar con gusto a los demás. Aquellos que saben que estoy retirado o jubilado, es cierto, pero consideran que todavía tengo ánimo y entusiasmo por la vida, por la familia y los amigos, y aun puedo desempeñar con gusto labores acordes con mi edad. Y con mayor razón ahora que tengo más tiempo libre. Y me brindan con afecto su valiosa paciencia.
También aquellos que con amable tolerancia disculpan mis torpezas y mis fallas de memoria, y nunca me dicen que “ya he repetido muchas veces la misma historia”. Bienaventurados los que me piden consejo, y a veces hasta mi opinión, independientemente de si la aceptan o no. Y de esa manera me hacen notar que existo y que por lo menos me toman en cuenta.
Y en el ocaso de mi tarde triste bienaventurados y bendecidos sean aquellos que si me encuentran aburrido, repetitivo y desesperante, lo disimulan prudentemente y aun así me brindan su cariño, su sonrisa, sus atenciones y su bondad.
Bienaventurados aquellos que poseen la cordura, la sabiduría y la calidad humana suficientes para ofrecer amabilidad y consideración hacia los que ya se encuentran en “la lista de espera,” y que como seres humanos merecen atención para lograr la felicidad y el bienestar final a que tenemos derecho todos.
Bienaventurados aquellos que me hacen sentir que soy querido y respetado; que no estoy solo y que aun tengo cariño, comprensión y amabilidad a mi alrededor; Bienaventurados los que con amor me permiten disfrutar de lo que me queda de vida y me dejan esperar tranquilo el día de mi partida en medio de mi melancólica soledad, y de esa manera me hacen más grata la espera.
“Estoy positivamente seguro que ellos recibirán un merecido premio que vendrá desde lo más alto del Cielo”.
Finalmente Bienaventurados y benditos sean todos, porque inevitablemente, llegará el día en que también ustedes estarán en las mismas circunstancias que yo, y necesitarán lo mismo que en este momento yo necesito de los demás. ¡¡Que Asi Sea!!