miércoles, 12 de mayo de 2010

EL ABOGADO


Después de haber vivido 'decentemente' en la tierra, mi vida llegó a su fin.

Lo primero que recuerdo es que estaba sentado sobre una banca, en la sala de espera de lo que imaginaba era una sala de jurados. La puerta se abrió y se me ordenó sentarme en la banca de los acusados.

Cuando miré a mi alrededor, vi al fiscal, quien tenía una apariencia de villano y me miraba fijamente; era la persona más demoníaca que había visto en mi vida. Me senté, miré hacia la izquierda y allí estaba mi abogado: un caballero con una mirada bondadosa cuya apariencia me era familiar.

La puerta de la esquina se abrió. Su presencia demandaba admiración y respeto. Yo no podía quitar mis ojos de Él. Se sentó y dijo: "Comencemos".

El fiscal se levantó y dijo: "Mi nombre es Satanás y estoy aquí para demostrar porqué este individuo debe ir al infierno". Comenzó a hablar de las mentiras que yo había dicho, de las cosas que había robado en el pasado cuando engañaba a otras personas. Satanás habló de otras horribles cosas y perversiones cometidas por mí, y entre más hablaba más me hundía en mi silla de acusados.

Me sentía tan avergonzado que no podía mirar a nadie, ni siquiera a mi abogado, mientras que Satanás mencionaba pecados que hasta había totalmente olvidado. Estaba tan molesto con Satanás por todas las cosas que estaba diciendo de mí, y con mi abogado quien guardaba silencio.

Yo sabía que era culpable de las cosas que me acusaban, pero también había hecho algunas cosas buenas en mi vida. ¿No podrían esas cosas buenas por lo menos equilibrar lo malo que había hecho?

Satanás terminó con furia su acusación y dijo: "Este individuo debe ir al infierno, es culpable de todos los pecados y actos que he acusado, y no hay ninguna persona que pueda probar lo contrario, por fin se hará justicia este día".

Cuando llegó su turno, mi Abogado se levantó y solicitó acercarse al juez, quien se lo permitió, haciéndole señas para que se acercara pese a las fuertes protestas de Satanás.

Cuando se levantó y empezó a caminar, lo pude ver en todo su Esplendor y Majestad. Hasta entonces me di cuenta de porqué me había parecido tan familiar, era Jesús quien me representaba, Mi Señor y Salvador.

Se paró frente al juez y, suavemente, le dijo: “Hola Padre”, y se volteó para dirigirse al jurado, diciendo: "Satanás está en lo correcto al decir que este hombre ha pecado, no voy a negar esas acusaciones. Reconozco que el castigo para el pecado es muerte y este hombre merece ser castigado".

Respiró Jesús fuertemente, se volteó hacia su Padre y con los brazos extendidos proclamó: "Sin embargo, yo di mi vida en la cruz para que esta persona pudiera tener vida eterna y él me ha aceptado como su Salvador, por lo tanto es mío".

Mi Salvador continuó diciendo: "Su nombre está escrito en el libro de la vida y nadie me lo puede quitar. Satanás todavía no comprende que este hombre no merece justicia sino misericordia".

Cuando Jesús se iba a sentar, hizo una pausa, miró a su Padre y suavemente dijo: “No hace falta hacer mas nada, ya yo lo he hecho todo”.

El juez levantó su poderosa mano, y golpeando la mesa fuertemente, las siguientes palabras salieron de sus labios: “Este hombre es libre, el castigo para él ha sido pagado en su totalidad, caso concluido”.

Cuando mi Salvador me conducía fuera de la corte, pude oír a Satanás protestando enfurecido: "No me rendiré jamás, ganaré el próximo juicio".

Cuando Jesús me daba instrucciones hacia donde me debía dirigir, le pregunté: ¿Ha perdido algún caso? Jesús sonrió amorosamente y dijo: “Todo aquel que ha recurrido a mí para que lo represente, ha obtenido el mismo veredicto tuyo: Pagado en su totalidad”.

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