lunes, 15 de febrero de 2010

EL ADULTO MAYOR Y SU AUTOESTIMA

  1. Muchos adultos mayores llegan a la edad de la jubilación y se sienten todavía en plenitud para la realización de sus trabajos. Frecuentemente nos encontramos con personas de edad avanzada que están plenamente en forma, totalmente vigentes, lúcidas, llenas de iniciativas y planes de trabajo. Muchos hombres y mujeres científicos, literatos, escritores, investigadores, políticos, hombres de campo, mujeres dueñas de casa, etc., aunque ven disminuidas sus potencialidades físicas al llegar a la vejez, sienten sin embargo que su mente sigue lúcida, y sus ganas de hacer buenas cosas permanecen inalteradas. A pesar de que ellos se ven así de bien, la sociedad les dice por medio de la jubilación o de otras señales, que ya deben dejar el puesto a gente más joven y nueva, y que deben retirarse. En una palabra, es como si se les dijera: señor, señora, prescindimos de Ud.

    Una de las primeras necesidades de todo ser humano es la de sentirse aceptado, querido, acogido, perteneciente a algo y a alguien, sentimientos estos en los que se basa la autoestima. La autoestima consiste en saberse capaz, sentirse útil, considerarse digno.

    Por lo tanto no puede haber autoestima si el individuo percibe que los demás prescinden de él. Así lo veía ya el viejo Maslow en su famosa pirámide de necesidades, donde describe un proceso que denominó autorrealización y que consiste en el desarrollo integral de las posibilidades personales.

    Autoestima consiste en las actitudes del individuo hacia sí mismo. Cuando las actitudes que este mantiene hacia sí mismo son positivas hablamos de buen nivel o alto nivel de autoestima. Al nombrar la palabra actitudes ya hemos incluido el mundo de los afectos y sentimientos y no sólo el de los conocimientos, pues los componentes de la actitud encierran gran variedad de elementos psíquicos. De ahí que para la educación y formación de las personas nos interesa mucho formar en actitudes porque así aseguramos una formación integral y no fraccionaria. Por lo mismo que las actitudes se encuentran integradas por factores cognitivos, afectivo – emotivos y conductuales, es muy difícil cambiarlas, pues radican en lo más profundo de la personalidad. Por eso también, un adecuado nivel de autoestima es garantía de que el sujeto podrá hacer frente con dignidad a importantes contrariedades de la vida; no decaerá su ánimo fácilmente.

    En vista de esto, si a una persona que se siente bien, saludable y con fuerzas, le decimos que ya no nos hace falta, es muy probable que influyamos en el deterioro de su autoestima al hacerle ver que el grupo puede prescindir de ella, que su pertenencia al "nosotros" ya no es tan evidente. Es como decirle que el aprecio que sentíamos por él/ella era sólo en cuanto que su aporte y presencia nos era útil, pero ahora las cosas cambian: tu presencia no nos es necesaria porque ya no nos puedes aportar nada. El adulto mayor saludable se siente desconcertado ante dos experiencias de vector contrario: por un lado él se siente bien y con ganas de trabajar, pero por otro lado la sociedad le dice que ya no lo necesita. Es un duro golpe para su autoestima, pues como decíamos antes, una de las bases importantes para alimentarla se encuentra en el sentimiento de pertenencia. ¿Cómo mantener dicho sentimiento si se me están mandando mensajes de que se puede prescindir de mí?

    Pero la autoestima (inserta en el sistema actitudinal de la personalidad) es un todo muy complejo. Todo el valor afectivo – emotivo que ella encierra no se limita sólo a efectos anímicos (lo que ya es bastante importante) sino que proyecta sus múltiples consecuencias también hacia lo físico y somático. Estudios modernos prueban que el enfermo se recupera mejor si además de los cuidados médicos y fármacos cuenta también con toda esa red de arropamiento acogedor que representa la mano tierna y cariñosa dispuesta a brindarle un amor incondicional. No sólo el enfermo se recupera mejor cuando es atendido con amor, sino que a causa del amor, una persona puede permanecer más inmune a la enfermedad que aquella otra carente de esta experiencia amorosa. Está demostrado, por ejemplo, que las personas con más y mejores lazos familiares padecen menos resfriados que las que carecen de ellos.

  2. Inteligencia emocional y autoestima.-

    Los nuevos estudios indican que las emociones positivas y negativas influyen en la salud más de lo que se suponía hace unos cuantos años, y que si no tenemos un desarrollo afectivo óptimo no se desarrolla la inteligencia; así es que hay una relación directa entre el afecto y el desarrollo cerebral, intelectual. La inteligencia depende de la vida de la niñez, cuando se va estructurando la persona. Es interesante volver a valorizar el afecto.

    El periodista Daniel Goleman ha tenido el acierto de lograr llamar la atención sobre la importancia del tema emocional mediante la publicación de su conocido libro La inteligencia emocional. Mediante este best seller ha sacado el tema del estricto claustro académico y lo ha llevado a la comprensión de la gente de la calle. Hoy sabemos que la inteligencia es mucho más que una determinada función de la mente humana medida en términos de C.I.; el ser humano, a la hora de actuar de alguna manera y de tomar determinadas decisiones, no lo hace tanto guiado por su inteligencia cognitiva, sino sobre todo a impulsos de sus emociones y sentimientos que deben ser guiados, orientados, controlados y expresados mediante los dictados de una sana inteligencia emocional. A la hora de decidir en asuntos en los que nos va la vida (ver por ej. lo referente a elección de pareja), no lo hacemos guiados por el frío intelecto sino por la calidad e intensidad de los sentimientos que en ese momento nos embargan.

    ¿Y quién nos ha enseñado a manejar ese mundo de los sentimientos y emociones? Desgraciadamente los aprendizajes que se han practicado en las escuelas han insistido más en el mundo de los conocimientos que en el de las emociones, y sólo un buen ambiente familiar ha podido servirnos de utilidad para el manejo desenvuelto y positivo del mundo afectivo. ¿Qué pasa si el mismo ambiente familiar carece de la solidez afectiva necesaria?

    Para poder vivir bien la vida es necesaria no sólo la inteligencia cognitiva sino también (y sobre todo) la Inteligencia emocional, aspecto de nuestra personalidad que tan olvidado habíamos tenido. La autoestima corre pareja con el funcionamiento de la Inteligencia Emocional: las personas con mejor y más adecuada expresión de sus sentimientos y emociones son a la vez personas seguras de sí mismas, con mayor sentimiento de libertad y autonomía, con mejores relaciones interpersonales, y por ello mismo con mejor nivel de autoestima.

    Pues bien, una de las primeras crisis de la edad madura es a menudo una crisis de desgaste, desánimo y desilusión, por la experiencia que vive el anciano al verse, de pronto, no aceptado. Y ello sin razón objetiva alguna, puesto que él se siente todavía como ser vigente y capaz de servir. Esta es una crisis que se ve agudizada por las pérdidas que va viviendo el adulto mayor: pérdida del trabajo donde se sentía útil, pérdida de los compañeros de labores más jóvenes a los que ya deja de frecuentar, y pérdida de seres queridos y amigos que van muriendo: Ya tengo más seres queridos dentro de estas murallas que afuera, me decía un viejo campesino del norte de España cuando salíamos del cementerio el día del funeral de mi madre. Si estas pérdidas no se compensan por medio de convenientes ejercicios de Inteligencia Emocional (buen manejo del campo afectivo – emotivo) no será nada raro que el anciano se sienta invadido de perjudiciales sentimientos negativos, que afectarán su autoestima, especialmente en las mujeres.

  3. Modelo del Viejismo y paradigma del cuerpo joven.-

    Los parámetros y valores culturales imperantes en la sociedad favorecen poco la autoestima del anciano. El modelo cultural que impera entre nosotros es un modelo simplista que imagina el desarrollo de la vida en términos de comienzo, plenitud y decadencia. Según este esquema el hombre está condenado fatalmente a ser testigo de su propia decadencia, y necesariamente su autoestima será cada vez más frágil y vulnerable. Subyace aquí una ideología físico - biologista que reduce el ser humano a pura conexión de células que obviamente se van envejeciendo y deteriorando. Es una ideología del "viejismo" que es necesario superar. La razón y la afectividad no decaen al ritmo de la decadencia biológica, y al contrario, crecen y se fortalecen en el anciano saludable hasta el último día de vida: Enséñame, Señor, a saber aceptar lo de cada día; a saber caminar pisando firme, para andar por el Camino que conduce a la paz temporal, y sobre todo a la eterna. La OMS define el "viejo sano" como aquel individuo cuyo estado de salud se considera no en términos de déficit, sino de mantenimiento de capacidades funcionales. Por otro lado es importante recordar que el mismo envejecimiento de las células cerebrales se produce más lentamente que el de otras células del organismo si se las mantiene activas, por lo cual se recomienda aprender algo nuevo en una especie de gimnasia intelectual.

    Junto a esta mentalidad del "viejismo" que acabamos de comentar está presente en nuestra sociedad lo que algunos autores llaman Paradigma del cuerpo joven: el tipo de sociedad imperante hace cada vez más difícil la vida familiar de convivencia trigeneracional; el modelo de familia que se nos presenta en los atractivos anuncios publicitarios suele estar representado por una linda joven pareja, un pequeño hijo muy bonito, y el perro. Pocas veces aparece el abuelo en ese cuadro. A este signo de marginación familiar respecto de los ancianos se añade la preferencia casi obsesiva de nuestros medios publicitarios por el cuerpo joven como ideal estético. Mujeres y hombres modelos han de ser según este esquema gente joven, con bonito cuerpo (excesivamente delgado), y muy lejos de todo lo que pueda ser arrugas y defectos del cuerpo viejo. Eso explica la gran oferta y demanda que en nuestros tiempos representa el mundo físico – culturista al cual se ven inclinados tantos de nuestros jóvenes y no tan jóvenes. Es lógico que en un ambiente así, el hombre y mujer mayores sientan que no tienen nada que ofrecer: las personas de edad parecen patéticamente feas (ib).

  4. Mirando al tercer milenio. Constructores de Esperanza.-

    Al terminar este trabajo quisiera presentar algunos motivos de esperanza que son a su vez especiales desafíos para quienes, desde el mundo de la salud psíquica, deseamos construir un mundo más feliz y humano frente al tercer milenio que comienza.

    1. Personalidad como proyecto sin terminar:

      La persona puede llegar a la tercera y cuarta edad, ser adulto mayor, anciano, viejo, o como queramos llamarlo, y puede ser testigo de su deterioro físico, a la vez que mantener incólume su crecimiento psíquico. La mejor doctrina sobre la personalidad y su desarrollo nos enseña desde hace muchos años que esta se halla siempre en proyecto y que nunca termina de crecer. Erik Erickson considera la ancianidad como la etapa de la integración versus la desesperación. La integridad es vista aquí como la disposición a defender la dignidad del propio estilo de vida contra la amenaza física y económica. Alcanzar la integridad consiste en haber logrado un especial estado de espíritu cuyo componente especial es la autoaceptación. Refiriéndose a dicho estado de espíritu Edmund Sherman dice que Es la aceptación de la realidad, la realidad de uno mismo y de la propia vida, resultante del abandono de las ilusiones... Sin embargo, varios de nosotros no llegan a liberarse de sus objetivos no realistas (que acarician a menudo sin saberlo), y los sentimientos de fracaso, frustración y decepción de uno mismo que resultan de todo ello conducen inevitablemente a un sentimiento de desesperación.

      Lo importante es que el individuo acepte y asuma lo que él es en verdad, y no lo que los elementos estresores y ansiógenos de la sociedad le pretendan imponer. De ahí que sea necesario incluir en nuestros programas universitarios y de otras organizaciones los planes que permitan entregar a todo ser humano la formación que necesita para aprender a envejecer. Esto significa, entre otras cosas, desarrollar la autoestima y aprender a manejar las propias emociones (destreza emocional), pues ello contribuye a una mejor calidad de vida. El éxito de la vejez consiste en vivir esta última etapa de la vida como un período de crecimiento.

    2. Sentido de la felicidad humana y presencia de la muerte:

      Felicidad y muerte parecen a simple vista dos términos mutuamente excluyentes. La felicidad como anhelo y aspiración de todo ser humano es la motivación que está en la base de todas las demás motivaciones; ella es la aspiración de todo hombre y mujer desde que nace hasta que muere ¿Pero es posible la felicidad cuando en la vida se incluye el horizonte de la muerte? La muerte tiene sentido cuando la vida está llena de sentido, el cual es correlato de la felicidad. La felicidad no consiste sólo en estar bien sino en estar haciendo algo que llene la vida. La felicidad es inseparable del sentido de la vida, y la muerte da sentido y valor a cada minuto de la vida. El horizonte de la muerte nos obliga a seleccionar bien los elementos que son vitales para nuestra vida, y nos lleva a organizar nuestra escala de valores diferenciando bien entre fines y medios, entre lo que es importante para la vida y lo que es sólo secundario. La perspectiva de la muerte nos ayuda a ser libres, a no apegarnos excesivamente a las cosas que ejercen dominio posesivo sobre las personas y pueden ahogar nuestras ansias de felicidad y libertad.

      El ser humano es mortal pero su vida está abierta a la inmortalidad, a la pretensión de inmortalidad. Lo que yo soy es mortal, pero quien yo soy consiste en pretender ser inmortal. Todo el mundo está seguro de que morirá, pero nadie puede estar seguro de que con la muerte terminará absolutamente su realidad. La seguridad de la muerte no es, ni puede ser, la seguridad de la aniquilación... Del grado y el tipo de esperanza en la perduración depende el sentido de la felicidad.

    3. Educar para la vida y el amor:

El sentido de la vida y la felicidad brotan de ese sentido de amor que se encuentra alojado en la esencia del ser humano: la condición humana, según el filósofo Julián Marías, reside en que el hombre es intrínsecamente amoroso, es realidad amorosa. Sólo se sienten realizadas las personas capaces de amar en entrega generosa. La condición intrínseca del amor es la permanencia; el amor nunca muere y se proyecta para siempre sobre la persona amada. El amor es más fuerte que la muerte, dice la Biblia (Cnt. 8, 6). Parece comprobado que los hombres y mujeres que más aman son los que viven mejor el sentido de la vida y de la muerte, y los que mayor provecho obtienen de sus pretensiones de inmortalidad. Por eso cuando en este mundo se pierde un gran amor, la consecuencia capital es que se ama menos todo lo demás y no dan ganas de seguir viviendo. Es necesario poder amar por siempre, y por lo mismo es necesario vivir después de la muerte para que el amor no tenga fin.

Basados en el sentido de la vida que es satisfecho por el amor incondicional, el desafío que hoy nos anima es construir una sociedad de todas las generaciones, donde viejos y jóvenes tengan igual cabida. Sería un desperdicio y despilfarro prescindir de personas mayores que son un capital humano cada vez más necesario para ayudar a los jóvenes a desarrollarse y realizarse como personas .

Los valores vuelven a estar de moda, y las reformas educacionales de muchos países, con sus famosos valores transversales nos recuerdan esta verdad. Desde la cosmovisión de los valores será posible comenzar el nuevo siglo con una perspectiva más amorosa, y fomentar tanto desde la educación institucionalizada (escuelas) como desde la informal y las familias, toda una ambientación globalizada que nos lleve a valorar en serio los carismas de los ancianos saludables:

  • Gratuidad: no todo se ha de medir con el parámetro de la eficiencia; ante una sociedad demasiado ocupada necesitamos del testimonio gratuito de amor procedente de los ancianos.
  • Memoria: recordar las propias raíces es ser fieles a sí mismo; si se pierde el sentido de la historia se pierde la propia identidad. El diálogo de las generaciones permitirá guardar viva la memoria para que no se repitan los errores del pasado, y nos animemos con sus aciertos.
  • Experiencia: la técnica y la ciencia no pueden reemplazar la experiencia. Hoy vivimos con muchas prisas, agitación, precipitación y neurosis. El anciano capta bien la superioridad del ser a la del hacer y tener; su presencia permite una visión más completa de la vida, y nos ayuda a valorar la sencillez, el silencio y contemplación.

De los carismas propios de la ancianidad podemos obtener elementos válidos para la humanización del tercer milenio. Todos somos necesarios; nadie está de sobra en la humanista universalidad del amor.

domingo, 14 de febrero de 2010

LA AMISTAD EN LA TERCERA EDAD

Las personas mayores con buenas y variadas relaciones sociales tienen más posibilidades de aumentar su esperanza de vida que las que no tienen relaciones o sólo las tienen con sus familiares. Estas son las conclusiones a las que ha llegado un estudio realizado en la universidad australiana de Flinders y que señala además la importancia de crear nuevas amistades en la vejez, para evitar la dañina y poco saludable sensación de pérdida de amigos por las muertes que se producen con el paso de los años. Por Vanessa Marsh.



La amistad prolonga la esperanza de vida
La amistad prolonga la esperanza de vida
La amistad prolonga la esperanza de vida de las personas mayores, incluso más que las relaciones familiares, señala un estudio realizado en Australia y publicado en la revista Journal of Epidemiology and Community Health.

Los investigadores Lynne C. Giles, Gary F. V. Glonek, Mary A. Luszcz y Gary R. Andrews, del Centre for Ageing Studies de la Universidad de Flinders, examinaron durante 10 años la influencia de las relaciones sociales de personas mayores de 70 años con niños, amigos, confidentes y parientes, teniendo en cuenta variables como la vida social, la salud y los estilos de vida. La finalidad del estudio era descubrir en qué afectaban a sus vidas estas relaciones.

Para realizar la investigación, se hizo un seguimiento a 1.477 personas de 70 años en adelante, con el fin de determinar la influencia de las relaciones en su longevidad. Los investigadores se basaron en datos recogidos sobre el envejecimiento desde 1992. El estudio se centró en Adelaida, al sur de Australia.

Contactos con otras personas

Durante la investigación, los participantes debieron revelar información acerca de sus relaciones personales, como el número de veces que contactaban telefónicamente con los miembros de la red social en la que se movían: familia, niños o amigos.

Los investigadores analizaron también la tasa de supervivencia de los participantes durante una década, descubriendo que el contacto con niños y familia (primos, hermanos, sobrinos, etc.) no aumentaba la tasa de esperanza de vida de los ancianos.

Sin embargo, aquellos participantes que tenían más y mejores relaciones de amistad, sí que denotaban estadísticamente mayores oportunidades de permanecer con vida hasta el final del estudio, que aquéllos que no contaban con tanta vida social.

La diferencia era de un 22% de más posibilidades de sobrevivir y de menos riesgo de morir durante esa década por parte de los más sociables con respecto a aquéllos que eran los menos sociables de todos. Las relaciones con confidentes o amigos íntimos tenían efectos insignificantes en la prolongación de la vida de los participantes.

Amigos elegidos, familia no

Los investigadores consideran que el trato con las familias no se elige, mientras que la amistad sí, lo que explicaría por qué las relaciones familiares no posibilitan un mayor tiempo de vida.

Asimismo, señalan la importancia de construir nuevas relaciones de amistad en la vejez, con el fin de reemplazar las relaciones con amigos que van desapareciendo con el paso del tiempo.

Los resultados confirman la importancia de la vida social en la tercera edad, como fórmula para mantenerse ilusionados y activos, lo que propicia una mayor calidad de vida y ganas de vivir, que permiten que la vida se prolongue. El tiempo de supervivencia del hombre está por tanto relacionado con la fuerza de sus relaciones sociales.

sábado, 13 de febrero de 2010

FELIZ DIA DE LA AMISTAD Y DEL AMOR

Un amigo es uno que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere.
SU AMIGAGermania

viernes, 12 de febrero de 2010

ESOS VIEJITOS VERDES

Para muchos es algo raro, casi un gesto impropio de una relación. Mientras para otros es una aventura sin límites, un desafío que rompe los esquemas y provoca más de alguna mirada de incredulidad.

Gerontofilia se refiere a la atracción y devoción a los físicos maduros, sentimientos serios y excitación sexual hacia la tercera edad. Casos hay varios, y bien conocidos.

Pero también está la otra cara de la moneda. Lo más frecuente es visualizar este "trastorno" en los varones, en aquellos adultos que "optan" por parejas menores por varias décadas, donde afloran características sintomáticas que hacen sentir de esta manera y no de otra.

A través de estas relaciones superan el complejo de inferioridad. Lo anterior consiste en la necesidad de sentirse superiores, un imperioso sentimiento de protección y lo más fuerte de su realidad gerontofílica, es la negación de la muerte, en su mundo interno está impreso el deseo inconsciente de la eterna juventud.

FANTASIA

La fantasía de relacionarse con personas jóvenes y vestir ropa más moderna permite corregir algunas imperfecciones de la edad. Incluso muchos sujetos hasta su léxico lo mantienen "en forma".

Estos "lolosaurios" de la sociedad poseen mecanismos de compensación infalibles para atenuar esos añitos de más y ser genuinos galanes con éxito para sus conquistas, en la que no debe faltar bajo ningún concepto su buen auto, billetera prodigiosa y su "pildorita" de Viagra, elementos imprescindibles para pertenecer al mundo "juvenil" con gusto a añejo.

Ellas, las féminas, son también parte de estos escenarios, la mayoría de estas "veteranitas" tienen sus virtudes más maternizadas, pues son muy buenas para cocinar, hablar y dar consejos, además de otros secretos en el plano sexual.

CONFIANZA

Los jóvenes amantes de la gerontofilia son atraídos no sólo por el lado de la estética, sino más bien por la ternura y la experiencia que estos mayores tienen. Más que en la acción, sus formas de complacer a los jóvenes consisten muchas veces en compensar figuras paternas disminuidas que ellos tienen de sus progenitores.

En este sentido, las relaciones sexuales ejercidas en este tipo de parejas son de manera parcial, donde el coito deja de ser el centro de placer, dando paso a otras partes del cuerpo más infantiles y primitivas.

El modo de vincularse íntimamente de estas parejas es el de manifestar sentimientos, criterios infantilistas y adolescentistas, poniendo en juego la sobreprotección, actitud maternalista o paternalista por parte de los adultos.

ROLES

Otra característica corresponde a la celofilia; la constante necesidad de sentirse querido por medio de las miradas de los demás, verdaderas pruebas de amor. Y, por último, el metatrópismo, que es una manera de ejercer el cambio de roles, de ser activo sexualmente a ser pasivo. Es decir, cuando hay intimidad genital sienten el deseo perverso por parte de los mayores de ser golpeados en sus nalgas u otras partes.

La gerontofilia goza de fama entre algunas personas. Tenemos en nuestra sociedad a Cecilia Bolocco y el desaparecido Pablo Neruda, mientras en el plano internacional destacan los casos de Eva Perón, Carlos Spencer "Chaplin", Salvador Dalí y Pablo Picasso, quienes son los mejores ejemplos de estos abnegados amores seniles.

Después de todo, dicen que el amor no tiene edad.

jueves, 11 de febrero de 2010

PARA LOS ABUELITOS

La participación de la mujer en la economía, los cambios que con el tiempo se han venido efectuando en las familias, y la ocupación de ambos padres son condiciones que han generado, que en la crianza de los hijos intervengan otras personas, aliviando así las tensiones que dentro de la pareja se generan, y proporcionándoles de igual forma a los hijos el ambiente, los cuidados y los estímulos necesarios para un desarrollo armónico , y quien mejor que un abuelo para brindarles a los niños y niñas la tranquilidad necesaria y el amor necesarios.

Los abuelos suelen estar cargados de experiencia y sabiduría, el arte de ser abuelo permite olvidar ciertas necesidades educativas, y por tanto, dar rienda suelta a sus sentimientos. Son los abuelos quienes siempre están dispuestos a escuchar atentamente todas esas historias que día a día los niños crean, hasta aquellas quejas de “las injusticias de los padres”. Como bien es dicho, son precisamente los abuelos quienes toleran de sus nietos, lo que no hubieran permitido de sus propios hijos”

Son considerados como transmisores de gran amor, confianza y ternura, así como de una cultura de leyendas, cuentos e historias que enriquecen a los niños y niñas, y les muestran otra perspectiva del mundo y de los hechos. Los abuelos fuente de aprendizaje de canciones, adivinanzas, oraciones y al mismo tiempo valores como el amor a Dios, a la patria y al prójimo; así como el respeto por la vida, la tolerancia, el respeto por el otro, la sensibilidad social y al amor a la naturaleza.

Es indiscutible que día a día son los abuelos quines nos brindan y nos seguirán brindando la posibilidad de corregir nuestros errores, y el apoyo para levantarnos diariamente ante los tropiezos. Ellos han sido y serán quienes cumplan una función de respaldo de los padres, sin suplantarlos, ayudan a que los nietos respeten la autoridad de sus padres, sin desautorizarlos, y en conclusión forman parte de una autoridad complementaria indirecta.

¡ GRACIAS POR TODO ABUELITOS !

miércoles, 10 de febrero de 2010

MI PADRE NO FUE UN GRAN HOMBRE

Mi padre

Mi padre se llamaba Moisés. Era hijo de Miguel y de Lea. Fue hermano de Marcos y de Rubén. Fue el marido de Miriam. Fue el padre de Horacio y de mí. Era el abuelo de Iván y de Javier.

Cuando murió, hace dos días, tenía 85 años.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero hacía el más sabroso café con leche que jamás probé. Nos los preparaba cada mañana a Horacio y a mí, cuando íbamos al colegio, y nos lo servía con unos enormes panes con manteca y dulce.Mi padre no fue un gran hombre. Pero pelaba las naranjas como nadie. Las dejaba sin un rastro de ollejo, brillosas, lisas, tentadoras. Yo no quería comer naranjas si no las pelaba él.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero llenó de libros nuestra casa de la infancia y los dejó absolutamente a nuestro alcance. Nunca dijo "ese libro no es para vos". Y así aprendimos a amar la lectura desde chicos. Todavía hoy leo como entonces, como él. Con voracidad, con desorden, con placer. Mi casa está llena de libros, las bibliotecas son los muebles principales.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero a los 84 años aprendió a hacer señaladores de cuero, con sus dedos agarrotados, y me regaló uno, simple, bello y austero, con el que hoy guío mis lecturas.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando yo tenía 10 años y Horacio 7 y vivíamos en La Banda, Santiago del Estero, compró entradas y un 9 de julio nos llevó a la cancha del Club Mitre a ver a River, que venía de gira. Seguimos el partido subidos a un sulky, porque no había lugar para nadie. Fue la primera vez que vi a River, y lo vi con Carrizo, con Lostau, con Labruna, con Pérez, con Pipo Rossi. Mi padre era hincha de Independiente, nosotros nos hicimos de River.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero nos llevaba cada domingo a la cancha a ver a Central Argentino, de La Banda, a pesar de que él era hincha del eterno rival, Sarmiento. Y hasta se alegraba con nosotros si ganaba Central.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero una tarde de mi adolescencia, en la trastienda de la farmacia que él y mi madre tenían en La Banda, me explicó cómo se hacían los chicos. Tartamudeaba y estaba rojo y sudoroso. Yo ya sabía, pero me fascinó su explicación.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando hice mi viaje de egresado, en tren desde Santiago a Mendoza con mis compañeros del Colegio Nacional Absalón Rojas, me llamó aparte en el andén y me dio tres preservativos. "Tomá, por si los necesitás", me dijo. Y otra vez estaba rojo y sudoroso.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero un día, cuando cumplí doce años, se apareció en casa con el curso de dibujo de Los Doce Famosos Artistas como regalo. Y yo, que amaba las historietas, tuve como profesores a Hugo Pratt, a Alberto Breccia y a otros así.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando me acariciaba, y me acariciaba mucho, tenía las manos tibias; y cuando me besaba, y me besaba mucho, tenía los labios suaves y húmedos.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero un día, cuando un chico más grande que yo, uno de los pesados de la cuadra, me estaba dando una paliza en plena calle, él apareció de la nada y cagó a patadas en el culo a mi enemigo.

Mi padre no fue un gran hombre. No me enseñó a manejar, pero resultó lo bastante confiado como para dejar las llaves del auto a mi alcance, de manera que una siesta las agarré, subí al Fiat 1500 verde y debuté por mi cuenta paseando durante dos horas, maravillado de que semejante artefacto respondiera a mis movimientos. Cuando se lo conté, mi padre sonrió casi complacido, casi aliviado.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero venía a verme cuando yo jugaba al basquet en los infantiles y en los cadetes del Club Olímpico y, al principio, me llevaba a los entrenamientos, y a mi hermano también. Y aunque él era un patadura, yo, creo, jugaba para él, para que él me admirara.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero, aunque jamás aprendió a andar en bicicleta, me sostuvo en la mía y no me soltó hasta que pude mantener el equilibrio por mí mismo. Y yo sabía que no me iba a dejar caer.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero lagrimeaba de orgullo cuando nos presentaba a Horacio y a mí y decía "Estos son mis hijos". Lo decía con el mismo énfasis cuando éramos chicos y cuando nos hicimos hombres.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero nadie sabía contar "El patito feo" como él. Y nadie tuvo su paciencia para narrármelo una y otra vez, siempre con el mismo entusiasmo, cada siesta y cada noche de mi niñez temprana, respetando mi necesidad de volver a oír mi cuento favorito.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero todavía a sus ochenta y pico era capaz de poner inyecciones como nadie, sin que sintieras ni el pínchazo ni el dolor. Muchas veces preferí inyecciones a otro remedio, porque sabía que estaba él para ponerlas.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero descubría siempre los mejores chocolates.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero hasta el último domingo de su vida leyó el diario de pe a pa y era un interlocutor informado y apasionado de los sucesos del mundo y de la vida.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero amaba el cine y las películas y nos enseñó a amarlas junto a él; nos llevaba a las matinés del cine Renzi y a los estrenos del Petit Palais, del Grand Splendid, del Select o del 25 de Mayo. Disfrutaba como un chico de las de cowboys y hacía el sacrificio de llevarnos cinco días seguidos a ver "La Cenicienta" o "Sansón y Dalila, con Víctor Mature y Hedy Lamar. Ahora, en sus últimos tiempos, seguía contando escena por escena, como un personaje de Manuel Puig, cada película que veía en el cable, y lloraba de emoción o de bronca, según fuera una escena de amor o de injusticia.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero era el mejor público para contarle un chiste. No había que hacer grandes esfuerzos narrativos, él sedescomponía de risa por el sólo hecho de saber que era un chiste.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cada vez que mi madre se lo pedía era el mejor ayudante de cocina. Nunca vi a nadie batir claras a nieve, como él. A mano.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero tenía la letra más bella y firme que yo conozca. Me fascinaba ver cuando escribía cartas, cuando firmaba boletines o cuando hacía los discursos que después leía en las reuniones de la colectividad judía santiagueña; yo observaba hipnotizado cómo iba surgiendo sobre el papel el dibujo de su caligrafía y cómo él mismo disfrutaba mientras su mano cobraba velocidad, calor e inspiración.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero me enseñó, con sus actos, que un hombre sí puede llorar. Él lloraba de emoción o de dolor.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero supo despedirse antes de partir. El domingo a las cinco de la mañana me desperté y no pude volver a dormir por un largo rato. Era una hora silenciosa y quieta. De marea en baja. Entonces supe que, en la sala de terapia intensiva del hospital, él estaba muriendo. Que me despertaba suavemente, como cuando en las mañanas frías del colegio se acercaba a mi cama, me tocaba suavemente el hombro y me decía, en un susurro, "Pichu...arriba". Y que esta vez lo hacía para despedirse.

En mi cama, en la oscuridad, no luché contra el insomnio, simplemente me despedí de él, le deseé buen viaje, le agradecí lo que tenía que agradecerle y le hice saber que, por mi parte, no había cuentas pendientes entre nosotros. Ninguna. Me dormí nuevamente a las siete y el teléfono sonó a las ocho para pedirnos que fuéramos con urgencia al hospital. Entonces le dije a Marilén: "Mi Viejo murió hoy a las cinco y media, es eso lo que nos van a informar". Un par de horas después, nos entregaron un certificado de defunción que decía: "hora del fallecimiento: 5:30".

Mi padre no fue un gran hombre. Pero enfrentó a la muerte entero y vivo. Peleó con sabiduría, conocedor de que la batalla sería posible mientras hubiera equivalencia. Cuando sintió que ya estaba, que había hecho lo suyo, que las reglas de juego habían dejado de ser parejas, dijo basta. No lo dijo como un derrotado.

Había comido una porción de las grandes (como a él le gustaban) de la vida; su último año y medio había sido de placer, de reivindicación y de buena vida. Entonces decidió que estaba a punto y murió. En su muerte, fue un modelo. Y no es poca cosa.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero murió como un señor. Sin degradarse, sin deterioro, sin corromperse, como una persona íntegra y consciente. No huyó, no tuvo miedo, llegó vivo a su muerte. Y cuando lo vimos, antes de ocupar su cajón, su rostro era plácido, pacífico, como quien sueña sueños íntimos y felices o como quien observa deslumbrado algo que lo hará feliz pero de lo que no quiere hablar. Era, en ese momento y en ese lugar, en la morgue del hospital, nada menos, un viejo hermoso y sereno. Así nos despidió. Soltándose, soltándonos.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero fue honesto.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero fue amoroso.

Mi padre no fue un gran hombre. Y no importa mucho eso. Los grandes hombres ocupan, a veces, demasiado lugar. Asfixian. Y son acreedores de deudas que nos hacen la vida más pesada. Visto así, por suerte, mi padre no fue un gran hombre. En muchas cosas fue sólo un pequeño hombre. Pero más allá de todo fue algo más difícil y más importante. Mi padre fue un buen hombre.

Y agradezco eso.

martes, 9 de febrero de 2010

COMO SE ACTUA EN CASO DE TENER UÑEROS

Se producen pequeñas heridas en el ángulo de la piel que cubre la base de la uña, normalmente por alguna deficiencia a la hora de cortarla. También puede ser causada por la incrustación de los bordes de las uñas en los dedos (habitualmente sucede en el dedo gordo del pie), por cuya razón se produce una reacción inflamatoria de la zona.

Una vez se produce la infección, se forma un pequeño absceso, una acumulación de pus, que debe tratarse de forma adecuada y rápida. El síntoma inicial es de dolor, que adopta el tipo pulsátil y se hace rápidamente intolerable, acompañado de una hinchazón enrojecida.

En casos moderados los uñeros pueden ser tratados sumergiendo la uña afectada en agua caliente durante quince minutos, de dos a cuatro veces al día. En caso de infección más grave debe tratarse con pomada antibiótica tan pronto como se descubre. Para favorecer dicha aplicación y la permanencia y penetración del antibiótico, debe cubrirse la zona afectada con un vendaje. Esta cura debe repetirse cada doce horas, limpiando el dedo con agua tibia para retirar los restos de la pomada y luego aplicarla nuevamente. Al cabo de dos o tres días se empieza a notar mejoría, sobre todo con el dolor, aunque la hinchazón y rojez persisten unos días más hasta que el uñero desaparece o se drena de forma espontánea, curándose después. Uno mismo no debe intentar drenar el pus, sino que debe hacerlo el médico.

Para ayudar a prevenir la aparición de uñeros deben tenerse en cuenta medidas como: mantener limpias y secas las manos y los pies, controlar la sudoración excesiva usando guantes si las manos están expuestas rutinariamente al agua o a productos químicos, evitar morderse las uñas, cortarlas adecuadamente, es decir, que las uñas del pie no deben cortarse en forma redondeada, ciñéndose a la forma del dedo, sino que deben cortarse rectas.

Curiosamente el porcentaje de presencia de uñeros en la población es el doble en el sexo masculino que en el femenino y esto se relaciona con el trabajo de unos y otros, y también en la atención de estas zonas, más habitual en las mujeres que en los hombres.


Consejos:
  • En casos moderados, los uñeros pueden tratarse sumergiendo la uña afectada en agua caliente durante quince minutos, de dos a cuatro veces al día.

  • En caso de infección más grave debe tratarse con pomada antibiótica tan pronto como se descubra.