jueves, 15 de julio de 2010

DE LA VIDA REAL

Mi vida como geisha
Por Komomo
Yo quería hacer realidad un sueño. Me costó muchos sacrificios poder entrar en un mundo sofisticado, pero también muy exigente. Esto es lo que tuve que aprender para lograrlo. Soy japonesa. Nací en México, donde mis padres vivieron un tiempo. Cuando todavía era chica, volvimos a Japón. A veces mis papás y mi abuela me vestían con quimono, y a mí me encantaba. Poco a poco me fui interesando más en la cultura japonesa, y convencí a mis padres para que me dejaran visitar Kioto, la antigua capital de Japón. Me enamoré perdidamente de la ciudad y de sus tradiciones.
Al crecer, mi fascinación se hizo aún mayor, y con el tiempo me condujo a los hanamachi, o distritos de geishas, y a las geiko, como llaman a estas en Kioto. Para mí, ellas representaban el estilo y la sofisticación. Cuando terminé la escuela primaria, mis padres me preguntaron si quería ir a vivir a China, pues a mi papá lo iban a transferir allí por trabajo.
El momento decisivo de mi corta vida llegó cuando mi madre me mostró un artículo de diario sobre una mujer llamada Koito, la primera geiko de Kioto que tenía un sitio propio en Internet. Me emocioné tanto que inmediatamente le envié a la señora Koito un mensaje electrónico en el que le decía que quería convertirme en maiko, o aprendiz de geiko. Podrán imaginarse mi alegría y mi sorpresa cuando ella respondió que estaba dispuesta a iniciarme.
Antes de que transcurriera otro año, dejé a mis padres en China y volví a Kioto para ponerme en manos de la señora Koito. Fue el principio de mi anhelada aventura como maiko. Acababa de cumplir 15 años. Como aspirante a geisha, tenía muchas cosas que aprender y muchos deberes que cumplir. Todos los días me enfrentaba a cosas que no entendía; a veces parecía que las calles del distrito de Miyagawa estaban llenas de minas antipersonales a punto de explotar en mi cara. Era como estar en la escuela día y noche, los siete días de la semana.
El horario de una maiko es muy estricto. Desde cerca de las 6 de la tarde hasta entrada la noche, debía yo asistir a una ozashiki, o función artística. Las ozashiki por lo general se celebran en una de las casas de té, aunque a veces también se realizan en restaurantes y hoteles. Se contrata a las geiko para que actúen y entretengan a los clientes, y también deben servirles bebidas y conversar con ellos.
En ese entonces, la práctica ocupaba la mayor parte de mi tiempo. Como maiko, se suponía que debía aprender a cantar y a tocar el shamisen y otros instrumentos musicales, a realizar la ceremonia del té y, por supuesto, a bailar. En lo que más tenía que concentrarme era en la práctica del baile. Una maiko debe aprender dos tipos distintos de baile para cada mes del año, y ejecutarlos frente a los clientes en las ozashiki.
Aprender tan sólo un baile me llevaba mucho tiempo. Cada sesión de práctica duraba entre 45 minutos y una hora, y debía asistir a tres o cuatro sesiones para aprender los pasos básicos de un solo baile. Al principio, tardé más de 10 sesiones en dominar algunos de los bailes.
Por ser la alumna más joven, tenía la obligación de atender a la maestra de baile. Eso implicaba llenar su taza de té cada vez que quedaba vacía, y cerciorarme de que la bebida no estuviera ni muy caliente ni muy fría. También tenía que esperar a que todas las estudiantes mayores, a las que llamamos sempai, la saludaran para poder hacerlo yo.
Cuando me inicié como maiko, me aterraban las sempai; siempre se enojaban conmigo por una u otra razón, y parecía que yo no les daba gusto con nada. Como les tenía tanto miedo, a veces las saludaba antes que a la maestra, e incluso antes que a los clientes en la ozashiki. Como es lógico, cuando esto ocurría, ellas se enojaban mucho conmigo por no saludar primero a la maestra o a los clientes, lo cual me hacía temerles más.

Al analizar esto hoy, me doy cuenta de que cerca del 90 por ciento de mi educación como maiko consistió en tratar de sobrevivir cada día.


Todas las mañanas me despertaba alrededor de las 10. Después de ponerme mi quimono menos formal, tenía práctica de artes escénicas, y a la hora del almuerzo visitaba cada una de las casi 40 casas de té del distrito de Miyagawa, donde se celebran muchas ozashiki.
En una de mis primeras ozashiki, una sempai me preguntó frente a los clientes qué baile me gustaría interpretar. Cuando respondí muy alegre el nombre de un baile que me gustaba en particular, ella se puso furiosa. Por supuesto, ahora sé que su enojo era parte de mi educación: para parecer humilde y modesta, debía haberme negado a contestar.
Por extraño que parezca, jamás me pasó por la mente dedicarme de lleno a ser una geiko. Durante todos esos años, pensé mucho en lo que quería hacer cuando acabara mi período de entrenamiento. Había muchas cosas que deseaba realizar: estudiar en el exterior, aprender inglés y tal vez estudiar a fondo la cultura y el folclore japoneses. Sin embargo, dos meses antes de la fecha en que debía abandonar el hanamachi, me di cuenta de cuánto me gustaba este mundo. Pensé en todas las cosas que aún debía aprender, y me sentí avergonzada de haber creído que podía lograr todo lo que deseaba en sólo seis años. Decidí comentarle a la señora Koito que quería convertirme en geiko.
Resolvimos que me graduaría como geiko el 8 de diciembre de 2005. Pero antes yo debía pasar por el período de sakko, que en nuestra casa de geishas dura 15 días. Tenía que usar un quimono formal negro durante cinco días; luego uno de colores por cinco días, y después el negro otra vez. Pronto me di cuenta de que las ozashiki son completamente distintas para las geiko. A las aprendices se las suele ver como estereotipos; nadie se molesta en conocer al ser humano que hay detrás del maquillaje. En cambio, a las geiko se las ve como mujeres con una personalidad y un nombre únicos. Para las maiko, lo más importante es mostrar la imagen que la gente tiene de ellas; las geiko, en cambio, se pueden mostrar tal como son. Después de toda mi preocupación por convertirme en geiko, finalmente me sentí liberada.

miércoles, 14 de julio de 2010

PARA EL ADULTO MAYOR

Según el Mideplan, casi el 10% de los adultos mayores viven en situación de pobreza e indigencia, por lo que el pago de los servicios básicos (agua, gas electricidad, teléfono) tiene un gran impacto en su presupuesto familiar. Para ellos, existen algunos beneficios similares a los que se otorgan a las familias en la misma situación, al que se puede acceder solicitándolo en las respectivas Municipalidades.
Por otro lado, sabemos que en general, algunos supermercados y la mayoría de las empresas de agua, gas, teléfono y electricidad de nuestro país, cuentan con cajas preferenciales habilitadas especialmente para adultos mayores, discapacitados y mujeres embarazadas. Usted puede usarlas y hacer valer su derecho para que lo atiendan adecuadamente, y en el menor tiempo posible.
También, se otorgan facilidades de pago a las personas con deudas, que incluye a la tercera edad; para acceder a este beneficio, basta acercarse a las oficinas comerciales de dichas empresas y renegociar la deuda.
Un ejemplo a seguir es el que surgió como una buena iniciativa para el ahorro en el pago de la cuenta del agua potable. Esta surgió de la empresa ESSEL y el Instituto de Normalización Previsional (INP) que capacitaron a cerca de 100 adultos mayores que reciben pensión asistencial, para educarlos sobre el uso eficiente del agua potable. Los talleres fueron muy bien recibidos por los ellos, puesto que son un sector que destina la mayor parte de sus ingresos a pagar servicios básicos. En los cursos recibieron información acerca de cómo cuidar periódicamente el agua que se consume en los hogares, ahorrando no sólo este recurso, sino que también para administrar mejor su presupuesto
FUENTES: MIDEPLAN. ESSEL. SENAMA.

martes, 13 de julio de 2010

ADULTOS MAYORES



 
El dinero asegura la felicidad? ¿Los más educados se declaran menos felices? Estudios recientes en la literatura socioeconómica analizan el impacto del ingreso, la situación matrimonial, la salud, la educación recibida, etc., sobre el grado de satisfacción con la vida que las personas declaran. Gran parte de estos estudios limitan su atención a los países industrializados y desarrollados pero ¿son las mismas causas de la felicidad para los países como Uruguay?
 
En una reciente investigación que realizamos junto a Daniel Ferrés (Universidad de Montevideo) y Máximo Rossi (UdelaR), analizamos datos de personas con 60 años o más que viven en Uruguay, utilizando la encuesta llamada “Salud, Bienestar y Envejecimiento en América Latina y el Caribe” (SABE).

Características de la encuesta analizada
Se analizaron 1.444 habitantes de Montevideo, de sesenta años o mayores, que respondieron una extensa encuesta de 2 horas y media cada una.

Mujeres
Hombres
Promedio de edad de las personas entrevistadas
71
71
Mujeres u hombres de raza blanca
88%
92%
Viven solas/solos
22%
13%
Nunca asistieron a la escuela
5%
3%
La máxima educación que alcanzaron fue la Universidad
4%
10%
La máxima educación que alcanzaron fue la Eduación Primaria
20%
18%
Páctica frecuente de la religión
62%
33%
Católicos
74%
57%
Casados
32%
66%
Viudas / Viudos
49%
15%
 Además de información sobre la educación, salud, calidad de la vivienda, medioambiente familiar, etc., esta encuesta incluye preguntas como: “¿Está satisfecho con su vida? ¿Sintió que su vida está vacía? ¿Estuvo de buen ánimo la mayoría del tiempo?...”. En total, son 15 las preguntas que se refieren al grado de satisfacción con la vida. En base a esas 15 preguntas, construimos un índice que va de 0 a 15.
En una escala del 0 (totalmente infelices) al 15 (totalmente satisfechos con la vida), los uruguayos se reportan bastante felices alcanzando un nivel de 11,5 en promedio.
A partir de herramientas estadísticas y econométricas, el objetivo de la investigación consistía en encontrar los efectos puros de cada una de las características de las personas. ¿Cómo influye el estado matrimonial en el grado de satisfacción con la vida? ¿Mayor ingreso absoluto implica mayor felicidad o a las personas les interesa comparar su ingreso con sus pares (personas con la misma experiencia y educación)? ¿Cuánto influye la salud en la felicidad?

Antecedentes

Literatura económica contemporánea observa hechos llamativos: países industrializados que experimentaron altas tasas de crecimiento en los últimos 50 años, no muestran fuertes
En una escala del 0 (totalmente infelices) al 15 (totalmente satisfechos con la vida), los uruguayos se reportan bastante felices alcanzando un nivel de 11,5 en promedio.
cambios en la felicidad que reportan las personas. Algunos estudios buscan causas en la posible percepción de inequidad: un estudio de Alesina del 2003 compara los casos de Estados Unidos y Europa y encuentra que en Europa tanto los que provienen de sectores más pobres como aquellos que pertenecen a facciones políticas más a la izquierda, reportan menor felicidad a medida que aumenta la inequidad en la sociedad.  En cambio, en Estados unidos no se observa esta correlación.

Respecto al estado matrimonial y el grado de satisfacción con la vida, Stack y otros en 1998 realizan una investigación en 17 países, y en 16 de ellos encuentran una estrecha correlación entre estar casado y reportarse como felices. Gary Becker, investigador de la Universidad de Chicago y Premio Nóbel en Economía, profesor visitante de la Universidad de Montevideo en 2000, señalaba que el matrimonio “protege a los miembros de la familia contra las inseguridades y peligros de la vejez”: la familia actúa como un seguro contra la enfermedad y el desempleo. Esto podría estar explicando, al menos en parte, la correlación positiva entre matrimonio y felicidad.

En este mismo sentido, Fagan, investigador de Heritage Foundation, señalaba en su visita a la Universidad de Montevideo que “todos necesitamos sentir que pertenecemos de una forma especial a otros: los adultos como pareja se pertenecen. Queremos que el sentimiento de pertenencia perdure en el tiempo. La familia es el lugar donde la “pertenencia” nace, entonces, si la familia se rompe, ese sentimiento se pierde”. Otros resultados empíricos encontrados (Bradford Wilcox, Universidad de Virginia, profesor visitante de la Universidad de Montevideo en 2007): El matrimonio está asociado con menor alcoholismo y menor abuso de sustancias (drogas); los casados tienen una tasa más baja de depresión que los solteros o los que cohabitan; las mujeres casadas tienen menor probabilidad de experimentar violencia doméstica; cuando se vuelven adultos, los hijos de matrimonios intactos tienen más contacto con sus madres y sus padres (y esto hace a las madres y padres más felices).

Determinantes de la felicidad de los uruguayos de 60 y mayores
 Luego de analizar los datos por varios métodos estadísticos con el fin de encontrar mayor robustez en los resultados, las encuestas parecen arrojar lo siguiente:
Los uruguayos que tienen mejor salud, están casados y pueden enfrentar  sus necesidades cotidianas, se reportan como más felices.

a) Aumenta la felicidad:
     (i) Estar casado.
     (ii) Considerar que se tiene suficiente dinero para cubrir las necesidades del vivir diario.
b) Disminuye la felicidad:
     (i) Considerar que se tiene mala salud.
     (ii) Considerar que se tiene peor salud que la gente de su edad.
     (iii) Mala Nutrición:
               1. Haber pasado hambre antes de los 15 años.
               2. Comer sólo una comida al día en la actualidad.
     (iv) Vivir sólo (en el caso de los hombres).

En otras palabras, los resultados encontrados sugieren que la felicidad de los adultos mayores en nuestro país está estrechamente relacionada especialmente con tener buena salud y con estar casados y, en segundo lugar, con el nivel de ingreso del hogar. Además, reportan menores niveles de felicidad cuando viven solos (en el caso de los hombres) o su nutrición (actual o en su juventud) es insuficiente. Otra resultado empírico encontrado es que la salud influye no sólo de manera absoluta en los uruguayos (“cuanto mejor salud tengo, más feliz soy”) sino también en términos relativos (“si mi salud es mejor que la salud que tiene en general la gente de mi edad, más feliz soy”). En definitiva, buena salud, estar casados y tener un nivel de ingreso satisfactorio están correlacionados con la felicidad de los uruguayos mayores contemporáneos. El siguiente paso de este estudio será realizar este análisis para otros países de América Latina y comparar resultados buscando pistas sobre las distintas idiosincrasias.

MATRIMONIOS DESPUES DE LOS




Dice el refrán que el amor no tiene edad. Y las estadísticas parecen demostrarlo. En apenas una década, de 1996 a 2005, las bodas de personas mayores de 40 años casi se han duplicado en la comunidad.
Los matrimonios de personas con 40 años o más representan ya el 12,6% del total
  Si hace diez años fueron 1.987 los matrimonios con al menos uno de los contrayentes mayor de esa edad, en 2005 esa cantidad creció un 81%, hasta los 3.580 enlaces, según los últimos datos del INE.
Los matrimonios de personas con 40 años o más representan ya el 12,6% del total (28.387 en 2005), mientras que en 1996 fueron sólo el 7,7% de los 25.773 celebrados.
No sólo segundas nupcias
El espectacular aumento de las separaciones por el divorcio exprés (la nueva ley hizo que el año pasado se triplicaran las disoluciones matrimoniales) es una de las razones que pueden estar detrás de este boom de los matrimonios entre mayores de 40.
Sin embargo, sólo había divorciados en el 42,4% de los matrimonios celebrados en 2005.
Ahora, lo primordial es el desarrollo profesional y el matrimonio ha dejado de ser la única forma de autorrealización
"Lo que ocurre es que cada vez hay más miedo al compromiso", explica a 20 minutos Valentín Martínez-Otero, experto en psicología social.
Además, "el precio de la vivienda hace que los jóvenes tarden más en independizarse". La edad media del matrimonio ha pasado en esta década de 31,91 a 33,92 años en los varones y de 29,42 a 31,21 en las mujeres.
"Ahora, lo primordial es el desarrollo profesional y el matrimonio ha dejado de ser la única forma de autorrealización, especialmente entre las mujeres", añade Martínez-Otero.
Los que no han tenido más remedio que esperar para casarse han sido los homosexuales. En 2005, cuando se legalizaron estas uniones, el 66% de los varones y el 50% de las mujeres que contrajeron con personas del mismo sexo eran mayores de 40.
Celebrar el matrimonio supone el sueldo de  todo un año de trabajo
Entre 15.000 y 30.000 euros. Los novios han de afrontar unas elevadas sumas de dinero a la hora de casarse. La celebración de una boda varía entre los 15.000 y los 30.000 euros, lo que supone el sueldo de todo un año de trabajo, según la Federación de Usuarios Fuci (FUCI). De media, casarse sale por unos 23.000 euros, un 2,3% más que en 2006.
En el 63% de los casos son los padres los que asumen el gasto. En un 28% los novios, mientras que un 9% divide el coste con sus progenitores.
El banquete es uno de los principales gastos. En Madrid el precio del cubierto no baja de los 90 euros. La barra libre oscila entre los 12 y los 120 euros, y la música ronda los 600. FUCI recomienda tener de antemano un presupuesto fijado.
FUCI también aconseja a los novios preparar la celebración con tiempo, comparar precios y calidades para conseguir un ahorro y evitar sorpresas inesperadas.
El año pasado se recibieron 324 consultas y reclamaciones relacionadas con el banquete, el viaje, el fotógrafo y los trajes de los novios.

Por la iglesia. Cada vez menos

Los madrileños cada vez pasan menos por la Iglesia para casarse. Si en 1996 el 67% de las bodas celebradas en la región fueron religiosas, ese porcentaje se redujo en 2005 al 48%, menos de la mitad.

Las más jóvenes. Tres chicas de 15

,Ttres chicasde 15 años y otras siete de 16 contrajeron matrimonio en la comunidad. El chico más joven tenía 17 años. En total, en la región hubo 12 novios y 81 novias con 18 años o menos.

Mayores de 60. 431 matrimonios

Las bodas con contrayentes mayores de 60 años no han registrado tanto aumento, y eso que es un sector de población cada vez mayor. Si en 1996 hubo 332 enlaces de este tipo, en 2005 fueron 431, un 30% más.

lunes, 12 de julio de 2010

EL CEREBRO CONSTANTEMENTE SE MODIFICA


Localización de la corteza cerebral. Fuente: Wikimedia Commons.
Localización de la corteza cerebral. Fuente: Wikimedia Commons.
Durante mucho tiempo, se ha creído que las redes de conexiones neuronales del cerebro humano adulto permanecían fijas y que, una vez establecidas en los primeros años de nuestra vida, no volvían a modificarse.

Hasta hace poco, los especialistas pensaban que, una vez pasada esa primera infancia, era imposible que se diera cualquier nuevo cambio en el “cableado” neuronal. Sin embargo, diversos descubrimientos están demostrando que el cerebro adulto no es estático sino que, en realidad, es muy dinámico.

Una de las últimas investigaciones a este respecto ha sido la realizada por los científicos de laRochefellerUniversity de Estados UnidosCharles D Gilbert, Arthur Ross y Janet Ross. Sus resultados han demostrado que el cerebro adulto se modifica continuamente como consecuencia de la experiencia.

Cambios perdurables

Según publica la Rockefeller University en un comunicado, los investigadores observaron, concretamente, las neuronaso células nerviosas presentes en el cerebro de un grupo de ratones adultos, a los que se les quitó uno de los pelos de su bigote.

Los pelos del bigote, también llamados vibrisas, sirven a estos animales como elemento sensorial táctil o para percibir las distancias de los obstáculos en la oscuridad.

Los científicos analizaron específicamente aquellas neuronas encargadas de la recepción de señales enviadas desde las vibrisas al cerebro, para comprobar su comportamiento una vez que un pelo del bigote de los ratones era arrancado.

De esta forma, descubrieron que las relaciones entre estas neuronas se modificaban después de que los ratones perdieran una de sus vibrisas.

El resultado de dichos cambios neuronales tuvo como consecuencia, básicamente, la recuperación en el área de la corteza del cerebro estudiada del equilibrio entre la excitación y la inhibición neuronal propio de la corteza cerebral corriente. Las modificaciones perduraron durante varias semanas.

HISTORIA DE LAVIDA REAL

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Mi esposo pensaba que la educación era algo apropiado para los niños, pero inútil para las niñas Su excusa era que yo, su esposa, graduada universitaria, inmediatamente después de mi matrimonio me había dedicado por completo a dar a luz y criar a los niños en el Islam, y que permanecí completamente separada de la educación de la sociedad no creyente. Mi esposo estaba de acuerdo en que nuestros hijos asistieran a la escuela y a la universidad , pero para nuestras cuatro hijas escogió una escuela religiosa cercana. Esta escuela está situada en la planta baja de un apartamento, y sólo acepta niñas. Su plan de estudios de ninguna manera se asemeja al programa de estudios oficial, de tal modo que el diploma que recibieron no es reconocido y no vale ni el papel en el que fue escrito.
Mis dos hijas mayores terminaron la escuela primaria allí. Después de eso, mi esposo decidió que debían quedarse en casa. Trajo a un jeque ciego para que fuera el encargado de continuar con sus estudios religiosos. Las otras dos son menores y todavía asisten a esa escuela, hasta que lleguen a la edad en que se quedarán en casa para completar sus estudios religiosos.
No me pregunten lo que mis niñas están aprendiendo. Ellas ignoran por compelto todo lo que se estudia en las escuelas oficiales y por supuesto de las privadas, que son mejores que las escuelas públicas. Mis hijas sólo saben leer y escribir, a pesar de que saben a la perfección el Corán y las tradiciones. La situación es completamente diferente para nuestros hijos, que siguen progresando y destacándose en escuelas públicas y universidades.
Me sentía muy mal por la vida que se ven obligados a llevar mis dos hijos y más de una vez he llorado al ver que no podían jugar con los vecinos, o ir al club los viernes y feriados, o al cine. Algunas veces les dí permiso para visitar a un vecino y que así pudieran ver televisión y escuchar la radio. Pero cuando mi esposo se enteró, castigó severamente a los niños, que eran inocentes, así que dejé de hacerlo.
 Mi intento de suicidio
Mi esposo solía darnos órdenes para hacer que las mujeres de la familia e incluso nuestras vecinas aumentaran sus méritos de cara al Día del Juicio. Y nosotros obedecíamos…
Un día me comentó que había visto a nuestra vecina en la puerta de su casa, semidesnuda y hablando con un hombre. Y me ordenó que fuera a verla e hiciera todo lo posible por encarrilarla y salvarla “.
Al día siguiente, envié a mis hijas pequeñas, envueltas en sus velos, a pedirle a mi vecina que me permitiera visitarla durante unos minutos. Después de recibir el permiso y asegurarme de de su marido no estaba en casa, me encontré con mi vecina. Yo estaba sorprendida al encontrarla vestida de la forma más corriente y discreta, con un respetable vestido, el mismo que había usado el día anterior cuando había abierto la puerta a un empleado del Ministerio de Energía para pagar su factura de electricidad.
Observé a mi vecina buscando la desnudez de la que había hablado mi esposo, pero sólo ví su cara y sus manos al descubierto. Le pregunté por qué no usa Niqab y ella se sorprendió muchísimo por mi pregunta. “¿Por qué debo usar un Niqab?”, me respondió. “Mencióname un solo verso del Corán o Hadith (Tradiciones) que ordena que la mujer musulmana creyente, que observa los preceptos, deba vestirla. La religión hace concesiones,no es tan estricta, me dijo.
“A menudo me he angustiado por tí y por tus hijas e hijos”, confesó mi vecina. “Todos nosotros nos hemos conmovido por el sufrimiento que tu marido te provoca. Mi esposo me preguntó más de una vez por qué aceptas seguir junto a ese hombre. “¿Por qué no lo deja y vuelve a la casa de sus padres o se va a cualquier otro lugar?” Personalmente, no entiendo cómo puedes tolerar esto, no sé por qué permites que tus hijos sean despojados de sus derechos más básicos, como el derecho a reír y a jugar con otros niños. Mi marido y yo, como todos los inquilinos en este edificio sentimos mucha rabia hacia tu marido y mucha simpatía por los niños. No comprendemos cómo puedes convivir un solo día con ese hombre de las cavernas…”
 Ella se sorprendió cuando vio que yo estaba de acuerdo con ella, pero que mi carácter es demasiado débil. Le expliqué que sus palabras no me enojaban, que estoy conciente de mi situación y que mi auto-crítica es peor que cualquiera de sus críticas. Admito que si yo no fuera tan débil mi marido no habría sido tan cruel conmigo y con los niños, yo soy la responsable de que hayamos llegado a esta situación en la que prefiero morir antes que seguir viviendo una vida que ninguna mujer podría aceptar.
Mi marido ha inventado su propia religión, que contradice por completo a aquella en la que fue criado. Soy una fiel mujer musulmana, y sin embargo he aceptado la estupidez de vivir con este hombre ignorante al que me han atado y que me ha hecho tener seis hijos.
Después de esta visita, mi rabia se multiplicó, al igual que el odio por la vida misma. Decidí hacer lo que ya había tenido intención de hacer docenas de veces, suicidarme, pero siempre había temido la ira de Alá por la comisión de ese delito. Al salir de la casa de mi vecina me inundaba una sensación de que Alá me perdonaría si llevara a cabo mi decisión y terminara con mi vida. No me parece que todos los años de matrimonio con mi verdugo fueran menos castigo que los que me podían esperar en el más allá por haber decidido quitarme la vida, algo que Alá el misericordioso ha prohibido a sus fieles.
Aproveché la oportunidad un día, cuando mi marido y mis hijos se habían ido a orar en una pequeña mezquita cercana. Fui a la cocina y, tras haber bloqueado la puerta, tomé un enorme cuchillo y corté las venas de mi muñeca. Me senté en una pequeña silla de madera y, al ver el flujo de sangre, sentí una sensación de alivio que no había conocido durante un cuarto de siglo. Comencé a murmurar mi pedido de perdón a Alá, pero Él quiso que quedara con vida.
Mis hijos y familiares estaban junto a mi cama con expresión de alegría, porque me habían salvado la vida. Sólo el rostro de mi verdugo estaba congelado, enojado, enfurecido. No pronunció ni una sola palabra de aliento o consuelo, sólo se dedicó a humillarme, y repetirme una y otra vez que yo había cometido un crimen imperdonable. “No creo que Alá te perdone, porque te ha traido de vuelta a la vida. Deberás pasar el resto de tus días expiando este gran pecado y rogaremos a Alá para que acepte tu arrepentimiento y haga de tí una mujer buena y creyente”, insistía.

domingo, 11 de julio de 2010

LA VIDA DE PERON Y RASO

La vida de Domingo Antonio Raso fue anónima como su responsabilidad, debía custodiar al líder del justicialismo en su regreso al país. ­El 18 de julio pasado, a los 83 años, murió Domingo Antonio Raso, orgulloso guardaespaldas del general Juan Domingo Perón. En su departamento de Remedios de Escalada, Gran Buenos Aires, Raso atesoraba un increíble álbum de fotos que daba cuenta de su trabajo: custodiar al líder popular argentino más importante del siglo XX, en su regreso al país y al poder tras 18 años de exilio. Hace dos años, Raso concedió esta nota —hasta ahora, inédita en la Argentina—, abrió generosamente su archivo personal, y se decidió a contar algunos detalles de su vida, entre ellos la misteriosa historia de un atentado fallido contra Perón. La última vez que hablé con Raso, me dijo que deseaba que esta crónica fuera publicada en su propio país, y se alegró mucho cuando le dije que iba ser en Selecciones. Lamentablemente, no llegó a verla. Gracias a la gentileza de su viuda, María Magdalena Udrizard, y su deseo de honrar la memoria de su esposo, se reproduce aquí una parte de las fotos del invalorable álbum personal del guardaespaldas de Perón. 

Está en todas las fotos de los años 73 y 74, siempre al lado de Perón. No es Isabel, la esposa del líder, la vicepresidenta, la que lo sucedió en la primera magistratura después de su muerte. Está en todas las fotos de esos años, siempre al lado de Perón. No es, tampoco, José López Rega, su siniestro secretario privado y ministro de Bienestar Social y el hombre que dirigía la no menos siniestra Triple A (grupo paramilitar de ultraderecha). Está en todas las fotos del 73 y del 74, siempre al lado de Perón, siempre de traje, siempre atento, siempre armado: ahora se decidió a mostrar sus álbumes y a contar su historia. “Mi trabajo era sencillo —dice—. Si alguien le quería pegar un tiro al general Perón, primero me lo tenía que pegar a mí”. Y dice, también, que efectivamente alguien quiso pegarle un tiro a Perón en el año 1973. Es la primera vez que escucho esta historia: por un lado da escalofríos pensar en las consecuencias que podría haber tenido el asesinato de Perón; por el otro parece difícil pensar que aquella época, en la Argentina, podría haber tenido peores consecuencias que las que tuvo. Pero no nos precipitemos todavía. 

Domingo Antonio Raso conserva los bigotes renegridos, el vozarrón de militar, el cuchillo, el revólver, los recuerdos. Le tocó en suerte una curiosa carrera jerárquica: en los cuarenta custodió a los caballos de Perón; luego, a su ministro de Defensa, Franklin Lucero. En el 51 corrió peligro durante la abortada sublevación del general Benjamín Menéndez: alguno de sus amigos cayó bajo esas balas; él no. En el 55 llegó el golpe de estado, la “Revolución Libertadora” que significó el exilio de Perón, la proscripción del peronismo durante 18 años, la militancia clandestina. Raso participó en la conspiración del 56 encabezada por el general Juan José Valle para devolverle el gobierno a Perón. Se escondió debajo de una cama en el momento apropiado y se salvó de que lo fusilaran.
En los sesenta volvió a intentarlo. Esta vez el que conspiraba era el general Iñíguez: una vez más el conato fue desbaratado, otra vez Raso salvó su vida de milagro. Con el tiempo, Perón premió la lealtad a la causa: al fin y al cabo, la de Raso fue una de las últimas caras que vio cuando se embarcó en la cañonera paraguaya, tras el golpe del 55. Al fin y al cabo, la de Raso fue una de las primeras caras que vio cuando pisó tierra en su fugaz regreso a la Argentina, el 17 de noviembre de 1972, y en su definitivo regreso el 20 de junio de 1973. No hubo otra persona (además de Perón, claro) que haya estado presente en el puerto cuando Perón se fue y en el aeropuerto cuando volvió.

Adiós Perón

El 19 de septiembre de 1955 estamos en la dársena B del Puerto de La Boca. Raso acompaña a Lucero a despedir al presidente derrocado.
Lucero casi se cae al agua para saludarlo: es que estábamos todos muy nerviosos y muy tristes. Perón estaba vestido con un saco sport marrón, con la actitud de los hombres fuertes que tratan de contener su tristeza pero no pueden. Lo vi llorar, con lágrimas y todo, y nos hizo llorar a todos los que estábamos ahí. Pasaron 17 años hasta que lo volví a ver.

Hola Perón
El 17 de noviembre de 1972 me tocó trabajar, aunque no tengo mucho para decir sobre ese día. Llovía mucho y [José Ignacio] Rucci [líder de la Confederación General del Trabajo] lo cubrió con un paraguas, que era un poco más grande que los paraguas convencionales —una de esas sombrillas que se usan para promociones, si mal no recuerdo, de la Coca Cola—. Yo le alcancé la sombrilla a Rucci: parece mentira, un gesto tan insignificante, cuando se lo cuento a la gente me mira tan asombrada como usted me está mirando ahora. Pero Perón estuvo un día en el mismo Hotel Internacional de Ezeiza, luego habrá estado un mes en Gaspar Campos y se volvió poco después a preparar su regreso. En enero volvió su esposa Isabel y me puse a trabajar con ella. No tenía muchas reuniones políticas todavía: la acompañaba en sus salidas de compras, la llevé a Pozzi a comprarse pelucas, ese tipo de cosas... Pero mejor póngase cómodo, señor periodista, que traigo los álbumes.

¡Maten a Perón!

Pocas semanas después de los hechos de Ezeiza, en la casa de la calle Gaspar Campos, apareció una ambulancia del Ministerio de Bienestar Social. Dijeron que eran médicos y que venían a atenderlo a Perón porque habían recibido una llamada donde les decían que estaba enfermo. Uno usaba barba, alto, flaco, de pelo negro; el otro, de cabello muy corto, gordito, castaño, los dos vestían guardapolvo blanco... En esa época los médicos personales de Perón eran profesionales muy reconocidos y además eran también dirigentes políticos: el doctor Jorge Taiana, el doctor Raúl Matera, el doctor Pedro Cossio... La supuesta ambulancia, además, tenía agujeros de bala. No le digo que era un colador, pero tenía cuatro o cinco agujeros. Por eso me llamó la atención la visita y lo llamé al jefe de la custodia, Juan Esquer, que en ese momento estaba charlando con el General.
—Esquer, venga, por favor...

—¿Es muy urgente?
—Mire, hay una ambulancia en la puerta, con algunos agujeros de bala. Hay dos tipos que dicen ser médicos, que les pidieron que vinieran a atender al General porque estaba enfermo.
—Qué va a estar enfermo, si acá está, trabajando, lo más bien... Que se arme la custodia.
Se armó la custodia, se avisó a la policía a través del comando radioeléctrico, lo llamamos a López Rega para que viniera a constatar si la ambulancia era de su ministerio. Habíamos rodeado la ambulancia, los tipos tenían dos maletines. López Rega les dijo:
—¿Ustedes quiénes son?

—Somos médicos de Bienestar Social —justo a él, que era el ministro de Bienestar Social...
—Ah, sí, no me digan, ¿y a qué vienen?.
—Venimos a ver al General porque nos dijeron que estaba enfermo.
Les sacamos el maletín y encontramos revólveres, granadas... Dentro de la ambulancia había fusiles. Los esposamos de pies y manos. Llamamos a un blindado de la policía de la Provincia de Buenos Aires para que se los llevaran y nunca más supe qué se hizo de ellos. Es evidente que venían con la intención de matar a Perón. El hecho trascendió muy poco, como un rumor, porque el propio Perón hizo lo posible para que no se difundiera... Él quería pacificar y pensó que en un momento tan convulsionado de la Argentina no ayudaba mucho a mantener la calma que este episodio se hiciera público.

La foto que no vemos

En la foto que Domingo no me quiere prestar, el General Perón posa con el dictador rumano Nicolai Ceausescu y su esposa Elena.
—No, señor, queda feo, ¿no le parece?, el General con ese tipo...

—Bueno, Domingo, es un hecho histórico, no...
—No, señor, no lo haga quedar mal al General...
(Nota del autor: La primera vez que se publicó esta historia, en la revista mexicana EmeEquis, a Raso le causó especial gracia la reproducción de este diálogo. Me dijo, entonces, divertido, Si se porta bien, por ahí la próxima vez le presto la foto. Ese comentario simpático animó su actual publicación, sin temor a contrariar su voluntad).

Perón a diario

Cuando era presidente, ya no en la casa de Gaspar Campos sino en la Quinta de Olivos, se despertaba a las seis de la mañana, tomaba mate con bombilla o mate cocido con tostadas, fumaba un cigarrillo Kent (tres por día: uno en el desayuno, otro en el almuerzo y otro en la cena), y a las siete y media ya estaba en la Casa de Gobierno. Regresaba a la quinta más o menos a las dos de la tarde, y dormía una siesta hasta las cuatro. Luego se encerraba en su oficina, donde trabajaba hasta las ocho, ocho y media de la noche. En la casa andaba siempre con su robe-de-chambre, piyama, chinelas y a veces su tradicional gorro. No era un gran amante de la música, aunque escuchaba discos de folclore argentino y de ópera, y de tanto en tanto iba al teatro Colón. Le gustaba muchísimo el cine, sobre todo las películas de cowboys, que veía en el microcine de la Quinta de Olivos... Era de comentar las películas en voz alta, muerto de risa: supóngase que el sheriff estaba persiguiendo al villano con su caballo y Perón gritaba: ¡Cuidado, che, que te van a agarrar!... Era como un chico, ¿no le parece?