jueves, 11 de marzo de 2010

LA DESINTEGRACION DE MI ABUELO

Mi abuelo nació en 1945 en un búnker oscuro, bajo una estación de tren en donde cayeron cuarenta y cinco bombas aliadas de tres megatones cada una, durante media hora. Su primer grito no se oyó, porque supo nacer exactamente durante esa media hora, y al tiempo con su primer grito cayó una bomba grande que le hizo un hueco a la cúpula de lo que fue una iglesia, y ahora es sólo una cúpula con un hueco en las guías turísticas con cielo azul y en alguna película alemana en donde llueve y uno se aburre.
Mi abuelo gritó y pataleó, pero nadie quiso oírlo.
Lo limpiaron, lo lavaron, le cortaron el caucho que lo unía a algo que temblaba debajo de una sábana blanca y lo pusieron en un rincón del búnker, al lado del cuerpo de una madre gigantesca que lo miraba con ojos de vaca, como si fuera él un ternero que no era. Todo mientras otros señores con bigotes estaban muy ocupados en descifrar el gemido grave como el llanto de una ballena que salía de los altoparlantes de la estación de trenes pesando sobre sus cabezas, que les avisaba con cierto grado de precisión el momento en que todo temblaría y el miedo les haría cerrar los ojos y caerían piedritas de las vigas del refugio, y la madre de mi abuelo lloraría un poco más, sonriendo, sin hacer ningún ruido, y mi abuelo le colaboraría, con muchas ganas, las patas separadas y la boca abierta.
Mi abuelo, el pobre, se murió ayer.
Nunca entendió por qué para liberar a los judíos y a los comunistas de los campos nazis, los ingleses botaron bombas sobre la estación en donde mi bisabuela lavaba overoles antes de estar preñada, si precisamente los ingleses no eran comunistas y precisamente mi bisabuela era comunista, y aunque nunca llegó a ser judía, le caían bien los que vivían en los áticos de los almacenes del barrio obrero.
No me liberaron de nada, los ingleses, decía mi abuelo, sólo me liberaron del vientre de mi madre y de comer las tres comidas del día durante cinco años. Lo decía muy serio, y después soltaba una de esas carcajadotas alemanas que siempre están dirigidas a ninguna parte y nunca tienen eco, tampoco en los nietos.
Tal vez por eso se negó a ir a Londres, mi abuelo. Se negó a ir incluso cuando un jefe más gordo que él, el dueño de la compañía de Yunques, lo amenazó con mandarlo a Las Indias, que así le decían los alemanes a América del Sur porque la del norte sí era América, si no se iba a Londres a vender yunques, inmediatamente. Él respondió que inmediatamente Inglaterra no se merecía ni siquiera los yunques de la compañía, y afortunadamente no le entendieron el sarcasmo a mi abuelo, porque si no nunca lo hubieran mandado a administrar una mina de oro abandonada en lo más hondo de la selva del Brasil, que en ese entonces sí era lo que uno se imagina cuando uno no es intelectual y le dicen: Brasil.
Y si no se hubiera ido a la selva, que era tan húmeda como para que mi abuelo tuviera que limpiar todos los días su cuchillo bávaro y su escopeta de cazar conejos de un hongo verde y pegajoso que se adhería por las noches, mi abuelo no se hubiera hartado de limpiar cuchillos y escopetas y matar zancudos y de no entenderles ni una palabra a los negros brasileños que siempre se reían de él antes de hablarle, y después de hablarle se reían más y con más ganas. Porque si todo eso no hubiera pasado, mi abuelo no hubiera cambiado su vestido de cazador de leones que le quedaba estrecho y sus botas de caucho por un sombrero de paja y un vestido de hilo, y no le hubiera escrito al dueño de los Yunques diciéndole lo que pensaba de los yunques y de los negros brasileños y de los ingleses, y no hubiera emigrado a un pueblo que parecía sacado del sur de España y puesto en esta tierra nueva. Aunque mi abuelo nunca había estado en el sur de España, ni en el norte tampoco.
No habría tampoco conocido la meseta roja y más hermosa que mi abuelo iba a conocer y de la cual no volvería a salir hasta el día de ayer, cuando salió acostado en un cajón negro, sin decir una palabra, muerto, sobre un caro jalado por bueyes, con los ojos bien abiertos y los pies apuntando a otro pueblo parecido pero en cuyo cementerio no se pudría ningún inglés muerto en 1952, junto al que mi abuelo se negaba a acostarse.
Nunca hubiera conocido a mi abuela tampoco, que entonces era una gordita linda pero elegante, a la que mi abuelo tuvo que cortejar durante cinco años hasta que su padre, el de ella, lo dejó acercarse. No por el cortejo de alemán, que consistía en hacerle visitas y sudar frente a ella y ponerle óperas de Wagner en el megáfono, sino porque para entonces mi abuelo era casi el dueño de una fábrica de cemento que él mismo había hecho con sus manos y con las de Plinio, un tipo que conocí ayer en el entierro y que todavía puede estarse cinco minutos sin respirar, muy serio, y puede tomarse un petaco de cerveza en media hora.
El mismo tiempo que se demoró el bombardeo mientras nacía mi abuelo.
Pero al fin se pudieron casar. Porque mi abuelo ya era el dueño de toda la fábrica. No hubo oposición al matrimonio, afortunadamente, porque si la hubiera habido, mi abuelo habría acabado comprando también la casa y las sillas y la cama en donde yacía el pobre viejo tísico de su suegro, que no hubiera podido seguir venerando con rezos susurrados sus reliquias de la Independencia desde el lecho de muerte.
Precisamente a los diez días de haberse muerto el viejo, y a pesar del escándalo que quisieron armar viejas más viejas, mi abuelo, de común acuerdo con la hermana mayor de mi abuela, y con el cura del pueblo a cambio de una limosna pagada en cemento, y con Plinio, que preparó una fiesta con más carne asada y cerveza de la que nunca han visto en Berlín, se casó con mi abuela en la iglesia mayor, con botella de vino dulce, arroz que caía entre los rayos de sol, música de cobres, niñas bonitas, hombres que llegaban a caballo y treinta voladores que explotaron sobre las cabezas y a mi abuelo le acordaron de algo.
Así fue la historia de mi abuelo, que se murió ayer.
Porque lo que vino después fue mi mamá, de la que no hay nada que contar. Que emigró a Bogotá, grande y pobre como todas las ciudades grandes y pobres, y se casó con mi papá, que era un importante vendedor de cafeteras a domicilio como todos los vendedores a domicilio, que se dedicó a cocinar mermeladas en una casita pobre pero honrada en un barrio de clase media bastante media, en un barrio de periferia gris, y que cuando hizo suficientes mermeladas y mi padre vendió suficientes cafeteras, nacimos mis dos hermanas mayores, que ya están casadas y preñadas, y yo, que nunca voy a estar preñado y que nunca he querido vivir en esa ciudad y que nunca había escrito una palabra hasta estas palabras que quiero escribir sobre mi abuelo que se murió ayer, el pobre.
Exacto.
Entonces: Ayer se murió mi abuelo.
Yo estoy en este momento sentado en el penúltimo asiento de un bus oxidado, procurando escribir entre bache y bache, respirando hondo en cada curva que me acerca a la finca en donde mi abuelo fundó su fábrica de cementos. En vez de estar volviendo a la ciudad grande y fría, a una casa en donde una señora gorda se empeña en hacer mermeladas de moras negras mientras entierran a su padre en el pueblo más lindo del mundo; negándome a volver a una casa a la que mi papá a esta hora no ha entrado todavía. Mi papá, el pobre, que ya no vende cafeteras pero ahora trabaja en un banco, que es mucho peor porque cuenta todo el día la plata que otros se van a gastar en todo menos en cafeteras.
Otra aclaración. Yo soy comunista. Comunista de verdad. Y en este bus declaro que nuca más vuelvo a esa ciudad. Que aquí me quedo. No en el bus, pero sí en este pueblo y en esta finca que sin mucha dificultad voy a heredar convenciendo a Plinio de que nos tomemos un petaco juntos, aunque tal vez a mí me toque comprar unas cervezas por fuera del petaco, y aunque tal vez a Plinio le dé por gritar Viva El Partido Liberal y blandir machete en la calle.
Me gusta este pueblo.
Y voy a seguir haciendo lo que hacía en mi barrio, en Bogotá. Falsificando papeles para todo tipo de vueltas burocráticas, que son iguales en cualquier parte del país, y aquí además me voy a falsificar un buen título de Arquitecto, y voy a ser el único arquitecto de este pueblo de campesinos más buena gente que todos los vecinos que yo he tenido en mi vida, y voy a prohibir, como arquitecto titulado en la Universidad de Roma que voy a ser, que se tumbe ninguna casa de este pueblo o sus alrededores, o que se construya ninguna. Y punto.
Sólo casas viejas.
Por orden del gobernador, mediante decreto que yo también voy a falsificar y le voy a hacer llegar al alcalde después de una llamada con voz de gobernador.
Así estamos pues.
Lo que me llevó a escribir estas palabras, entonces, además de la historia de mi abuelo, de la aburrición de mi papá, además de mis planes para el futuro, fue precisamente mi abuelo mismo. Su cuerpo, además de su historia. Su presencia. Su presencia y la vida que produjo alrededor cuando estuvo vivo; y, cómo no, también el alboroto que causó su presencia, dura como una piedra, una vez que a su cuerpo le dio por morirse.
De mi abuelo muerto voy a decir algo, pues, cómo no: de su entierro, que fue como otro chiste de mi abuelo vivo.
Me gustó muchísimo el entierro de mi abuelo, mucho. Hombre, sí. Al principio fue aburrido. Con el cura ese, antes de la peregrinación, en el pueblo, recordando cada detalle de una donación en cemento que significó el resurgir de su parroquia y la importancia que adquirió frente a otras parroquias, que también tenían una ayudanta bajita y gorda y musgo entre los ladrillos del piso y techo de zinc con goteras. Eso aburrió.
Pero no aburrió nada el cajón de mi abuelo.
Negro, pesado, sobre la tierra roja de la calle.
Y mi abuelo ahí acostado adentro, viendo todavía las nubes sobre el cielo azul al otro lado de su vidriesito bien limpio, con sus ojos grises.
Así hubiera querido verse a sí mismo, si hubiera podido venir a su entierro.
Duro, con los brazos ordenados a ambos lados del cuerpo, riéndose todavía, porque se murió en la mitad de otra carcajada sin eco, seca, que soltó en la mitad de la noche, en la mitad de la cama doble. Mi abuela no pudo oírlo, la pobre, porque mi abuela está muerta y enterrada hace quince años.
Me dicen, los que saben, que tomaba mucho mi abuelo. Yo lo entiendo. En eso también somos iguales. Además de ser ambos comunistas. Y además de llamarnos Peter Lübeck, porque aunque entre mi Peter y mi Lübeck haya un Martínez, somos casi lo mismo. Éramos. Altos, gordos, de pelo negro y nariz grande y ojos verdes.
Ambos de pasos largos.
Y ambos de voz gruesa. Mi abuelo decía antes de morirse que cuando él era joven y no había vendido ningún yunque ni había hecho ningún hijo, era capaz de romper copas de cristal llenas de champaña, con sólo llamar al mesero del restaurante. No creo que haya nunca entrado a un restaurante en Berlín, mi abuelo, pero lo de los vasos, sin champaña, se le puede creer. Tenía un pecho como de vendedor de yunques y una sonrisa de más de siete dientes y unos bigotes negros y gruesos y unos ojos chiquitos que le arrugaban toda la cara cada vez que se reía.
Pero yo estaba diciendo cuánto me gustó el entierro.
Acabó de hablar el cura. Una señora gorda, morena, de labios gruesos, que sudaba debajo de su monumental descote de luto, entró en un ataque de llanto tal que las flacas señoras elegantes tuvieron que carraspear hasta atorarse en su tiza. Y Plinio, que ya estaba un poco borracho, se llevó a la señora forrada de negro detrás de un guayabo que hay junto a la capilla, y le dio un trago de aguardiente y la puso a mirar: el cañón lejano, las nubes blancas lamiendo la otra pared de la cordillera. Y si no es porque el cura lo llamó directamente por su nombre, Plinio, ahí se quedan. Mirando las nubes.
Bueno, pues lo mejor fue lo que vino después. Aparecieron por una calle de piedra por donde apenas cabían, por donde las barrigas de cuero y pelos rozaban las fachadas de las casas más elegantes, dos bueyes monumentales. Dignos de mi abuelo: negros, con cachos gruesos, con collares negros por su muerte.
Me lo pude imaginar antes, a mi abuelo, parado junto a esos bueyes, acariciándoles el lomo. Pero no les acarició nada, se quedó muy quieto en su ataúd. Y yo entiendo. Con ese cielo, y ese olor del río oliendo a lo lejos, a monte y a hojas de tabaco secándose al sol, mejor estarse quieto.
Yo estuve solo, todo el tiempo.
Pero no tan solo. Porque como si yo no fuera yo sino mi abuelo, se me fueron pegando en la caminada de un pueblo al otro las amigas de mi abuelo. Que eran muchas. La de la carnicería, con su marido; la de la farmacia, con su papá; la de la plaza de mercado. Y todos caminamos durante media hora detrás de la carreta jalada por los bueyes.
Pero nosotros no sufrimos.
Sudamos, eso sí, y nos cogimos de los codos en las subidas, y vigilamos a una viejita que juraba entre sollozos que había alzado a mi abuelo cuando él no sabía decir ni mu. Los hombres más jóvenes iban más atrás. Hablando de problemas de la siembra de piña, de las herraduras de los caballos, de un incendio en el canei.
Plinio sólo era: iba, venía. Avisándole a mi abuelo antes de cada hueco, riéndose con el cura cuando él le decía que los muertos no oyen, y era como si el sol o la sonrisa de mi abuelo les hiciera reírse a los dos. Contándome anécdotas de las elecciones con mi abuelo, de los primeros días de la fábrica, de un asado de señoritas en el río, al que se metió mi abuelo sólo para dárselas de muy valiente y nadar hasta el borde del cañón, hasta donde el río desaparece y cambia de clima, para salvar una mantilla bordada de mi abuela, que sólo era una gorda linda.
Bonito. O no.
Cómo para que un periodista de esos europeos haga una película. Pues sí.
Y entonces aquí estoy yo.
Plinio ya se quedó dormido.
El señor que maneja el bus es un médico. Un médico antiguo. Casi alquimista. Es el que de verdad era el mejor amigo de mi abuelo. Ya me prometió que me daría sus discos y sus libros sobre el comunismo.
Cuando lleguemos a la finca.
Yo también me dormiría si pudiera, pero me da pena con el señor que maneja. Además el señor no se puede quedar solo en esta carretera, que de pronto se duerme y nos vamos todos a acompañar a mi abuelo. Y esa tampoco es la idea.
Lo mejor del entierro fue el final. Al final lo sacaron entre cuatro hombres del carromato. La de la plaza del mercado se acercó, agachó sus pechos y le dejó sobre la tumba un ramo de flores. Le llevó un beso con los dedos, desde su boca de dientes blancos hasta la boca de él, que siguió riéndose al otro lado de su vidrio ya frío.
Y ahí lo dejaron bajar. Despacio, rechinando las poleas sobre la tierra roja, debajo del cielo que hervía, debajo de todo ese azul. Cuando el peso negro se apoyó en el fondo, pasó una bandada de tórtolas.
Plinio se puso la mano en el pecho y gritó.
Hasta Luego, Don Lübeck.
Y el silencio de viento que vino después fueron las paladas rojas en el azadón de los dos campesinos que supieron lo que tenían que hacer, con esa caja negra tocando el fondo de la tumba. Que lo hicieron.
Y yo también lloré un poco, imaginándome lo que lloraría su mamá, la de mi abuelo, si lo viera aquí, hundiéndose en esta tierra roja.
Cuando salimos del pueblo sólo había un radio prendido en una cantina, en la única, vacía. Yo le dije a Plinio que si me daban la finca, él se quedaba con las gallinas.
Ahora el bus se mece. El hombre va a parar aquí. Suenan las chicharras. El viento es tibio. Están ladrando los perros, tal vez creen que el que viene es mi abuelo.
Pero mi abuelo se murió, hoy mismo,
en la cama.
El que viene soy yo

miércoles, 10 de marzo de 2010

LA ENFERMEDAD DEL EGOISMO

El egoísmo suele verse más como un fenómeno del lado de los antivalores que del trastorno.

Decimos que el egoísta es indoloro, mezquino o miserable, pero nunca lo vemos como una posible patología; ¿acaso la gula no ha sido elevada (¿o devaluada?) al rango de "trastorno de la conducta alimentaría?".

Desde mi punto de vista, hay que considerarlo como una enfermedad del yo acaparador.

Además de un acto de mala educación, es un atentado a los derechos humanos, una violación del principio de la reciprocidad, una conducta depredadora, o si quiere, un patrón antisocial.

A veces la avidez es tan arraigada, es tan visceral, tan destructiva, que para modificarla se requiere la intervención psicológica o psiquiátrica.

No disculpo a los egoístas, sino afirmo que están aquejados de una enfermedad perversa.

Un hombre violador o golpeador, además de recibir sanción moral, debe ser atendido clínicamente.

En un conocido diccionario, Egoísmo se define como; "Inmoderado y excesivo amor que uno tiene por si mismo y que le hace tender desmedidamente a su propio interés", sufre de egocentrismo: "Soy el centro del universo".

El egocéntrico, inevitablemente, desconoce a todo interlocutor y destruye toda posibilidad de relación: "Sólo yo existo".

El inmoderado y excesivo amor por si mismo hace referencia de la egolatría, lo que se conoce como mecanismo o culto al ego.

El Ególatra desconoce la empatía.

No posee la capacidad de amar porque el amor propio le demanda todo su potencial afectivo.

Siguiendo las premisas de la ética de la consideración, la asertividad bien entendida trata de equilibrar el yo autónomo (independiente) con el yo considerado (interpersonal).

La combinación de ambos me permite comprometerme con la red social/afectiva a la cual pertenezco y sostener al mismo tiempo un territorio de reserva personal.

Laín Entralgo se refiere al momento coafectivo de la relación interpersonal, determinado por dos aspectos afectivos fundamentales, sin los cuales no puede existir ninguna relación: (a) la compasión (padecer íntimamente con el otro sus vivencias penosas) y (b) la congratulación (gozar íntimamente con el otro las vivencias gozosas).

¿Qué es ser egoísta?: Es renunciar a la condición humana, a lo coafectivo, es desconocer que somos prolongaciones de los demás.

Aunque a los egoístas no les guste, estamos conectados unos a otros por naturaleza, intercalados, apretados, casi abrazados, de tal manera que ignorar al prójimo es negarse a si mismo.

La carencia de amor, la ausencia de empatía y la indiferencia acaparadora son formas de agresión encubierta, violencia enfermiza que merece, además de repudio, ayuda profesional.

De no ser así, seríamos egoístas con los egoístas: una bola de nieve de enemistad aplastante.

martes, 9 de marzo de 2010

PAISAJES DE ESPAÑA


Este bello paraje es el Arrecife de las Sirenas, recibe este idílico nombre a causa de las grandes colonias de la desaparecida foca monje que lo habitaban.
Odio a todo el que nos privó de poder difrutar de aquella bonita estampa

Esta foto no me gusta demasiado pero la pongo para advertiros de que esa punta del fondo es zona protegida y no se puede pescar, esto es la Cala del Carbón.

Ay!! si lo pudiera reventar con la honda. No os suena el Hotelito ha salido en la tele bastante.

AMORES TARDIOS


¡Vaya que tiene fuerza
aquellos amores tardíos,
que se desesperezan...
cuando casi son olvido.

Parece que no quisieran
llegar a ser bien puntuales...
se atrasan sin darse cuenta
que cuando es tarde...ya es tarde.
"te quiero", cuando "te quise"
"te amo", cuando "te amé"....
al reencontrarnos de nuevo,
no es lo que pudo ser.


Ya no existe aquella fuerza,
ya no existe aquel querer...
que era mutuo, y bien seguro
que era libre y podía ser.

Aquellos amores tardíos
cuando suelo recordar
pareciera que el estío
los regresa para mal.

Ayer fue ayer y no es ahora,
de nada sirve llorar
los amores tan tardíos...
terminan por acabar!

lunes, 8 de marzo de 2010

CARIÑOS

FELIZ DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER LES DESEA SU AMIGA
GERMANIA

DULTOS MAYORES DIFERENTES

Adultos Mayores Dieron Lección De Entusiasmo

Adultos Mayores

Al ritmo del charleston, del tango, del vals, de la tonada, las socias de los diversos grupos del Adulto Mayor de la comuna mostraron elegancia y entusiasmo en el desfile “Moda a la antigua , actividad organizada por el municipio lautarino a través de su Programa del Adulto Mayor y que atrajo a un numeroso público hasta el salón principal de la Escuela 1.

Una gran expectativa se había generado en torno a esta actividad, que se efectuaba por primera vez en la Ciudad del Toqui, y hasta donde llegaron los concejales y representantes de diversos departamentos municipales. Nada más aparecer la primera lautarina ataviada con su traje de época, los aplausos no cesaron durante toda la jornada.

El colorido, los diseños, la simpatía de las modelos, contribuyeron a hacer de ésta una velada única, exitosa a tal punto que el próximo año se desarrollará su segunda versión.

Ana María Palma, del Grupo de Adulto Mayor Las Carmelitas, señaló que “yo desfilé un traje de 1800, que lo mandé a hacer. Estoy muy contenta porque mucha gente nos vino a ver, incluyendo nuestras autoridades”.

Mercedes Montoya, del grupo de Adulto Mayor La Concepción, actual reina comunal, señaló que “ha sido una bellísima oportunidad, me encanta esto, me gusta participar en grupos y aprovecho de incitar a todos los adultos mayores a que no se queden en su casa, que participen”.

Carmen López, también del grupo La Concepción, desfiló un vestido de 1900. “A mí me encanta participar, me siento joven, estoy feliz porque mis nietos me han acompañado. Creo que los adultos mayores dan el ejemplo a la juventud”.

Lalian Silva, encargada del Adulto Mayor y a la cabeza de la organización de esta actividad, dijo que “fue un éxito total. Doy gracias a Dios que las señoras cada vez se motivan más. Este desfile corresponde a una iniciativa del alcalde Renato Hauri, que nos dice siempre que hay que hacer actividades novedosas con adultos mayores. Quedamos muy satisfechos también por el entusiasmo que mostraron nuestras modelos. La idea es que esto continúe, así es que el próximo año lo repetiremos, esta vez con más preparación

domingo, 7 de marzo de 2010

TERCERA EDAD, MARAVILLOZA EDAD.

Envejecer no es tan malo cuando la comparamos contra la otra alternativa”

Gente que ha vivido muchos años, con éxito



El envejecimiento es un proceso natural, dinámico, irreversible, progresivo y universal que se inicia desde el momento mismo en que nacemos, por lo tanto, ningún ser humano está exento de envejecer.

actualmente existen un gran número de posibilidades para vivir la vida con amor, gratitud, optimismo e intensidad. Seguramente muchos de sus ideales y sus metas se han cumplido gracias al esfuerzo, trabajo y compromiso con el que hemos vivido.

Es muy probable que nuestros hijos tengan ya su propia familia y que usted pueda decir con orgullo ¡misión cumplida! Pues ellos al tomarle a nosotros como modelo, han sabido ser buenos padres, parejas, compañeros y amigos de sus seres queridos y nos tendrán a u en un lugar muy especial de sus vidas y de su corazón.
Si por alguna causa todo lo anterior no fuera así, no importa, de todos modos.



¡Hemos llegado a la edad que otros no han podido y cada nuevo día es una oportunidad para vivir mejor!
El primer requisito indispensable es que estemos lo más sanos posible y el propósito de esta guía para el cuidado de la salud es demostrar que con nuestra participación, podemos vivir en forma más plena y saludable.





Existen muchos prejuicios sobre la edad, algunos de ellos son que se acaba la sexualidad, la soledad y las enfermedades. Esto es parcialmente cierto. Pero también puede ser diferente.

Por eso es fundamental estar consientes que es un proceso que empezó cuando nacimos y que culminara algún día cuando nos vayamos. Por eso debemos de tener claro que saber adaptarnos.
Sabemos que al envejecer vamos a perder algunas facultades pero también vamos a ganar algunas ventajas como librarnos de la tiranía del reloj a que estuvimos sometidos durante nuestra etapa de responsabilidades. Hoy disponemos a nuestro antojo del tiempo para disfrutarlo hay que aprender cómo. Te doy una lista.

NO DEJAR DE DISFRUTAR. LAS FORMAS DE DIVERTISE. NO RENUNCIAR A NADA.

"Vivir las Experiencias que nos ofrece la vida es obligatorio; Sufrirlas o gozarlas, es Opcional."

Si lo miramos desde el punto de vista optimista podemos disfrutar más fácilmente algunas diversiones “típicas” como salir a tomar unas copas, irnos de excursión, por ahora tenemos la ventaja de disponer de mejores medios que antes cuando éramos jóvenes

1. Ve al cine, a los museos, al teatro, a los conciertos
2. Lee todo lo que puedas y te interese como novelas, biografías, arte, historia.
3. Haz ejercicio como caminar, bailar, nadar. Los beneficios del ejercicio son múltiples. Mantiene lubricadas las articulaciones, elimina las toxinas y generaran endorfinas que son sustancias que proporcionan bienestar
4. Socializa con la gente. Entabla pláticas con gente desconocida. Si vives solo cómprate un perro. Es el mejor animal de “compañía”
5. Pon a trabajar a las neuronas Juega domino, ajedrez, damas chinas, sudoku, crucigramas.
6. Haz servicio social en hospitales, guarderías, bibliotecas
7. Aprende idiomas, toma cursos útiles. Si hay en tu país, inscríbete en la universidad de la tercera edad.
8. Cuida tu salud, si tienes servicios médicos como el IMMS, ISSSTE, u otros similares acude a ellos para que te hagan una buena ficha medica.
9. Enséñate a cocinar. Lo que uno hace con sus propias manos tiene un doble sabor. Aprende a distinguir cuales son los mejores alimentos “orgánicos”.
10. Coloca en tu espejo una pieza de papel auto adherible y escribe ahí las cosas que mas te gustan de ti, vr. Gr. Simpático, optimista, creativo, alegre, y ve agregando ahí cualquier virtud que poseas. Esto mantiene tu ego en todo lo alto.
11. A los hombres se nos aconseja no comparar nuestra capacidad cuando éramos “chavos” procurar dar y recibir besos, caricias, palmadas, todo ello es una de las expresiones de la sexualidad. La afectividad perdura por encima de la sexualidad. A tu pareja “chuléala” por su peinado o por su vestido. Ella también necesita sentirse amada y admirada. Amar y ser amado es muy terapéutico
12. A las mujeres no vivir comparando su imagen actual a la de 20 años atrás, ni sufrir por ver en las portadas chicas jóvenes, glamorosas.

La aparición de las canas y las arrugas no se dio de un día para otro fue un proceso evolutivo que dio con el paso del tiempo. Cuando cruzamos la barrera de los 40, de los 50 y llegamos a las de los 60, primero demos gracias a dios por haber llegado hasta aquí y preparemos por que

LA VERDADERA DIVERSIÓN EMPIEZA DESPUÉS DE LOS 60
“hay mucha vida que vivir y muy poco tiempo para vivirla, por lo que debemos aprovechar el tiempo que nos quede para vivirla plenamente”



Vivir más años es ya una excelente posibilidad. La medicina avanza y esta haciendo posible que el ser humano pueda gozar de una gran longevidad.

En Japón existen más de 300,000 personas que tiene más de 100 años de edad. Ninguna de ellas sufre de sobre peso y son gente muy optimista.

“SIN BUENA SALUD, NINGUNA OTRA COSA TIENE VALOR” RIQUEZAS, INTELIGENCIA, TALENTO ARTÍSTICO, UNA CARRERA PROFESIONAL EXITOSA, UN IMPERIO INDUSTRIAL ¿DE QUÉ VALEN SI NO TIENES UNA BUENA SALUD PARA DISFRUTARLOS?